UN RECUERDO PARA LUIS
FELIPE ALEGRE.
(Texto publicado en facebook el 28-abril-2025)
Cada vez que lo veía o lo nombraban, me acordaba de aquel sello de Juan
Carlos I que César me mostró con una sonrisa cómplice en El Edén, hace cuarenta
años. Con César sintonizábamos porque nos gustaban la poesía y Los Calchakis, y
la amplitud de El Edén, un pub de Huesca que regentaba a medias con Valentín,
le permitió montar un pequeño escenario para recitales y conciertos. Por
entonces ya llevaba tiempo funcionando un grupo zaragozano de culto, El Silbo
Vulnerado, que conjugaba canto y recitación, y le escribió a su fundador, Luis
Felipe Alegre. Este les respondió en una carta con la dirección escrita a mano
y franqueada con tres sellos: un par de temática inocua, bien puestos, y un
tercero con el busto del rey boca abajo.
Años después conocí a Luis Felipe y, aunque nuestros
encuentros fueron esporádicos, compartimos momentos muy majos y algún otro
surrealista, como aquella entrevista que nos hizo Joaquín Guzmán, durante la
Expo, en un teatro repleto de adolescentes que aguardaban la aparición, tras nuestra
perorata, de un ídolo juvenil del momento. Me dio consejos para mejorar mi
declamación y me regaló dos cedés de El Silbo Vulnerado: “Canciones que
vinieron de América” - sabedor de mi querencia por la música latinoamericana -
y “Sueño de los manzanos”, sobre la poesía de Rosendo Tello, con quien tanto
quería.
Si Costa fue imprescindible en la política aragonesa, aunque
no legislara, Luis Felipe lo ha sido en la literatura, aunque apenas
escribiera. Sobre su trabajo durante medio siglo como hombre de teatro y
difusor de la poesía, que acercó a todo tipo de público y se expandió más allá
del Atlántico, han escrito largo y tendido voces más autorizadas y cercanas que
la mía. Sólo puedo unirme a esos reconocimientos, y agradecer su esfuerzo
incansable.
Lo vi por última vez hace un par de semanas, en la
presentación del libro de Gerardo Alquézar y Jorge Gay. A quienes desconocíamos
su enfermedad nos impactó descubrirlo en silla de ruedas, y todos nos
estremecimos cuando recitó “Castillos en la arena y el mar de fondo”, el poema
que Gerardo dedicó a Ángel Aransay tras su muerte, cuyo final dice: “Me negaba
al adiós / que me consumía”. Fue su última actuación y su despedida de muchos
de quienes allí nos congregamos. Nunca he asistido a una presentación de un
libro de poesía con tanto público – unas ciento cincuenta personas – donde la
mayoría, por no decir todos, lo conocíamos y nos acercamos a saludarlo, aunque
fuese fugazmente.
Que la tierra le sea leve.
