viernes, 11 de septiembre de 2026

 

11 de septiembre.


Lo que sucedió un 11 de septiembre marcó un antes y un después en la historia reciente. No me refiero a la Diada ni a los atentados de las Torres gemelas, sino al golpe de estado que derrocó a Salvador Allende en Chile. La experiencia de un socialismo democrático, respaldado por las urnas, fue arrancada de cuajo por una asonada organizada y financiada desde Washington, que incluyó un desgaste previo de la estabilidad económica (cerrar el grifo crediticio, huelga de transporte con huelguistas recibiendo dinero de la CIA, etc.) y política (terrorismo callejero, continuas trabas parlamentarias…). El mundo occidental descubrió, por si alguien lo dudaba, que la aceptación del juego democrático durante la Guerra Fría sólo existía mientras no se cruzara la línea roja donde comenzaba el territorio, intocable, de los poderes económicos; si no se traspasaba la fachada para llegar a la esencia.

Asocio esta fecha con las imágenes de los cazas del ejército chileno bombardeando el palacio de La Moneda, y con el último discurso de Allende antes de pegarse un tiro, o de que se lo pegasen; es lo de menos. Si hubiera sobrevivido, pensaban liquidarlo, tal y como quedó reflejado en las conversaciones de Pinochet y compañía. La asocio en definitiva, y de ahí su valor simbólico, con un intento (utópico o no) de mejorar la sociedad sobre bases de justicia y mejor reparto de la riqueza. Lo que siempre me ha movido. No con el apego a un territorio o una lengua, ni con la magnificación de un atentado aislado (con todos los matices que queramos añadirle), por muy espectacular y trágico que fuese.

(Último discurso de Salvador Allende, 11-septiembre-1973)



 

domingo, 6 de septiembre de 2026

 UN RECUERDO PARA LUIS FELIPE ALEGRE.

(Texto publicado en facebook el 28-abril-2025)

    Cada vez que lo veía o lo nombraban, me acordaba de aquel sello de Juan Carlos I que César me mostró con una sonrisa cómplice en El Edén, hace cuarenta años. Con César sintonizábamos porque nos gustaban la poesía y Los Calchakis, y la amplitud de El Edén, un pub de Huesca que regentaba a medias con Valentín, le permitió montar un pequeño escenario para recitales y conciertos. Por entonces ya llevaba tiempo funcionando un grupo zaragozano de culto, El Silbo Vulnerado, que conjugaba canto y recitación, y le escribió a su fundador, Luis Felipe Alegre. Este les respondió en una carta con la dirección escrita a mano y franqueada con tres sellos: un par de temática inocua, bien puestos, y un tercero con el busto del rey boca abajo.
    Años después conocí a Luis Felipe y, aunque nuestros encuentros fueron esporádicos, compartimos momentos muy majos y algún otro surrealista, como aquella entrevista que nos hizo Joaquín Guzmán, durante la Expo, en un teatro repleto de adolescentes que aguardaban la aparición, tras nuestra perorata, de un ídolo juvenil del momento. Me dio consejos para mejorar mi declamación y me regaló dos cedés de El Silbo Vulnerado: “Canciones que vinieron de América” - sabedor de mi querencia por la música latinoamericana - y “Sueño de los manzanos”, sobre la poesía de Rosendo Tello, con quien tanto quería.
    Si Costa fue imprescindible en la política aragonesa, aunque no legislara, Luis Felipe lo ha sido en la literatura, aunque apenas escribiera. Sobre su trabajo durante medio siglo como hombre de teatro y difusor de la poesía, que acercó a todo tipo de público y se expandió más allá del Atlántico, han escrito largo y tendido voces más autorizadas y cercanas que la mía. Sólo puedo unirme a esos reconocimientos, y agradecer su esfuerzo incansable.
    Lo vi por última vez hace un par de semanas, en la presentación del libro de Gerardo Alquézar y Jorge Gay. A quienes desconocíamos su enfermedad nos impactó descubrirlo en silla de ruedas, y todos nos estremecimos cuando recitó “Castillos en la arena y el mar de fondo”, el poema que Gerardo dedicó a Ángel Aransay tras su muerte, cuyo final dice: “Me negaba al adiós / que me consumía”. Fue su última actuación y su despedida de muchos de quienes allí nos congregamos. Nunca he asistido a una presentación de un libro de poesía con tanto público – unas ciento cincuenta personas – donde la mayoría, por no decir todos, lo conocíamos y nos acercamos a saludarlo, aunque fuese fugazmente.
    Que la tierra le sea leve.