lunes, 19 de enero de 2026

Anjela Duval.

 

Anjela Duval me recuerda a mi abuela Clotilde. Las arrugas profundas, los vestidos oscuros, la mirada pícara, de “ezpeleta”. En algunas fotos, eso sí, lleva una boina como la de mi abuelo. Debió ser una mujer muy apegada a su terruño.



Hija única (sus hermanos murieron pronto), nació en 1905 y sólo pudo ir unos años a la escuela por culpa de una enfermedad ósea. Después, se hizo cargo de las tierras de la familia y de ellas, y en ellas, vivió hasta su muerte, en 1981. Pasada la cincuentena comenzó a escribir poemas en bretón, su lengua materna, y a publicarlos en revistas de la región. Debió alcanzar cierto éxito, porque en 1971 le dedicaron un programa en la televisión francesa. Tres cuartos de hora donde la entrevistan, primero en el campo y luego en su casa, junto al hogar. Un caserón de piedra, como los de la montaña aragonesa, en apariencia preparada para albergar mucha más vida que la suya, con la única compañía del perro al que abraza como si fuera el hijo que no tuvo.



Nunca se casó. Cuentan que, de joven, no siguió a su novio cuando partió a conocer mundo. La herida de esa ruptura la narra en el poema “Karantez vro”. Con versos sencillos, de sabor medieval, desgrana su historia y, a la vez, trasciende lo personal para convertirlo en una declaración de principios. Más allá, incluso, de la oda a su país, contrapone dos tipos de personas con dos visiones antagónicas del mundo, cuya tensión dialéctica acompañan al humano desde siempre. Acepta con resignación el fatum que su decisión implicó, reconoce que el dolor aún pervive, pero lo da por bueno porque le ha permitido ser ella. Duval es, en cierto modo, el reverso de Brassens. Uno provenzal, la otra bretona; el Mediterráneo cálido frente al frío Atlántico. El individualismo de uno y el apego a las raíces de la otra. La ciudad frente al campo. A lo mejor no fue casualidad que ambos murieran con una semana de diferencia. 

Este “Karantez vro”, musicado por el grupo Gwalarn y cantado por Veronique Autret, se ha convertido en la versión canónica y, por las numerosas existentes, deduzco que en una especie de himno. Poemas de Anjela Duval se pueden encontrar en internet, tanto en bretón como en traducciones al francés, pero sobre todo me atrae su imagen, me produce melancolía, como si viera a mi abuela contándome historias y chascarrillos junto al calor de la cocinilla.

                        KARANTEZ VRO.

En un rincón de mi corazón hay una herida

que llevo desde mi juventud,

porque, ay de mí, mi amado

no amaba lo que yo amo.

Él sólo amaba las ciudades,

los mares profundos, los países lejanos.

Yo sólo amaba los campos,

los bellos campos de mi Bretaña.

Entre dos amores tuve que elegir:

amar a mi tierra o amar al amado.

He consagrado la vida a mi tierra,

y el amado partió.

Desde entonces no volví a verlo

ni supe más de él.

En mi corazón sangra la herida,

porque no amaba lo que yo amo.

Cada uno debe vivir su destino,

así es la ley en este mundo

Magullado quedó mi corazón, claro,

pero él no amaba lo que yo amo.

Para él, riqueza y honores,

para mí, desprecio y vida humilde;

pero no cambiaría por ningún tesoro

mi tierra, mi lengua y mi libertad.

(La versión es mía, basada en las dos traducciones al francés que he leído. Si alguien conoce el bretón y la puede mejorar, se aceptan sugerencias).



viernes, 2 de enero de 2026

JAIME SAMPIETRO, UN GUIONISTA MEXICANO DE RAÍCES OSCENSES.

 

JAIME SAMPIETRO, UN GUIONISTA MEXICANO DE RAÍCES OSCENSES *


MIGUEL CARCASONA.


“España que perdimos, no nos pierdas”

Pedro Garfias.

 

            A veces, en la vida real, suceden casualidades que rozan lo inverosímil. Azares o encuentros fortuitos que incluso Auster consideraría excesivos para sus novelas. Esta historia arranca poco antes de la pandemia. Mi hijo Miguel, que gusta de explorar los arcenes del cine, me descubrió “La dictadura perfecta”, una sátira descarnada sobre los medios de comunicación dirigida por un mexicano, Luis Estrada, no muy conocido entre el gran público español y cuyos trabajos no suelen estrenarse en las salas de aquí. A partir de ella, durante el confinamiento, devoramos todo lo suyo que cayó en nuestras manos y contextualizamos su obra y la repercusión de esta. Sobre lo último, apuntar que sus películas arrasan en las taquillas de su país, donde han cosechado numerosos premios Ariel (el equivalente a nuestros Goya), junto a otros fuera de sus fronteras. O que la más reciente, “Que viva México”, producida por Netflix, la semana de su estreno fue la película de habla no inglesa más vista en la plataforma a nivel mundial y la tercera en el ránking general - en España ocupó el cuarto puesto. Durante el primer mes acumuló un visionado de 50 millones de horas.[1] 

            Como tengo la costumbre de leer los créditos me fijé que, en todas, firmaban los guiones el propio Luis Estrada y un tal Jaime Sampietro. Este apellido lo relacioné de modo automático con José Sampietro, maestro y oficial del ejército republicano, que combatió en la Bolsa de Bielsa junto a El Esquinazau y se exilió a México tras la Guerra civil. Allí se casó con Emiliana Claraco, paisana mía de Sangarrén - un pequeño pueblo a 14 km. de Huesca - que huyó a Francia en 1939, donde embarcó en el mítico Sinaia rumbo al país azteca. Compartió la travesía con personajes relevantes de la cultura, como nuestro Benjamín Jarnés o el poeta Pedro Garfias quien, a bordo, escribió el verso que encabeza estas líneas[2]. La corazonada se cumplió y Jaime Sampietro resultó ser el hijo del oscense y la sangarrenera.


El Sinaia al zarpar de Séte.

            Si algo define su perfil público es la casi ausencia de éste. La discreción alcanza límites sorprendentes para alguien de su talla. No aparece en el excelente documental “Las cerezas del exilio”, de Vicky Calavia – sobre una historia escrita por Alberto Sabio y con guion de Carlos Serrano - donde sí participan su madre Emiliana, su hermana Marina y su sobrino segundo Ernesto Casanova, presidente varios años del Ateneo Español de México, mencionado en los agradecimientos de casi todas las películas – junto a la familia Sampietro, en general - y que también desciende de Sangarrén, en cuyo castillo se filmó parte del documental. En las principales webs dedicadas al cine (Filmaffinity, Imdb, etc.) su ficha particular sólo contiene datos relativos a su filmografía, sin fotografías ni reseñas biográficas. El rastreo por internet ofrece resultados similares, salvo en un vídeo de 2011 subido a youtube, donde junto a Luis Estrada participa en un coloquio sobre “El infierno” con alumnos del Colegio Madrid de Ciudad de México. El Colegio Madrid fue fundado en 1941 gracias a los fondos de la Junta de Ayuda a los Republicanos Españoles (JARE), con el fin de que los hijos de los refugiados accedieran a la enseñanza. A los alumnos de familias con precariedad económica se les proporcionaba manutención, ropa y transporte gratuitos.[3] Por sus aulas, además de Sampietro, pasaron Juan Villoro o Alfonso Cuarón, entre otros. En la actualidad sigue funcionando como un centro educativo más, con alguna particularidad: en el vídeo mencionado, editado por el propio Colegio, el nombre del orador se inserta en un rótulo cuyo fondo es la bandera republicana. Para encontrar las escasas imágenes suyas en la red hay que acudir a muros y cuentas en X de actores, subidas durante los rodajes o giras de promoción; aunque, curiosamente, mantiene un perfil en Instagram.


Jaime Sampietro en el Colegio Madrid. 2011.

En una definición rápida – e incompleta - las películas del dúo Estrada/Sampietro son una mezcla de Berlanga y Tarantino. La disección social y humana disfrazada de caricatura del primero, mezclada con las dosis de violencia normalizada del segundo. En varias entrevistas – donde, si es lo suficiente extensa, siempre menciona a su coguionista – Estrada expresa su admiración por el maestro español. La colaboración con Jaime Sampietro se remonta a los orígenes de su filmografía, formando una pareja inseparable que dura cuatro décadas. Los primeros trabajos fueron de un corte más tradicional, como "Bandidos", la historia de la amistad de dos muchachos en un entorno salvaje donde se mezclan la picaresca con una violencia se diría inherente a México. Ambas serán dos constantes en sus obras. En un papel secundario aparece Damián Alcázar, su actor fetiche a partir de “La ley de Herodes”. Algunos detalles esparcidos por el metraje podrían interpretarse como alusiones personales e históricas, aunque tal vez se trate de simples juegos. El protagonista se llama Luis, pero en la escena donde va a perder la virginidad con una prostituta afirma llamarse Jaime. Su papá es dueño de una fábrica de hilos, al igual que el del Jaime real: el matrimonio Sampietro-Claraco, una vez establecido en México, fundó Hilos El Jilguero, que se transformó en Hilos Omega y creció hasta convertirse en una potente empresa del sector. Actualmente la dirigen sus tres hijos. El colegio donde el preadolescente Luis estudia como alumno interno – porque su padre también estudió allí - es arrasado con ferocidad por los bárbaros rebeldes, en lo que parece una alegoría de la España arrasada por los fascistas. El chaval se salva de milagro y entra en contacto con los niños-bandidos, que se convertirán en su nueva familia tras quemar la única fotografía que conserva de la suya. Para esta nueva vida en la intemperie - ¿en el exilio? – debe abandonar su pesado equipaje y marchar con lo imprescindible. Aunque esta metáfora también se puede aplicar a Luis Estrada, hijo del cineasta José El Perro Estrada, y su relación con la historia del cine mexicano. Estos niños-bandidos, en todo caso, son vistos con ternura, algo que desaparecerá en sus obras mayores, parábolas de un país -y, por extensión, del mundo-, donde primará la visión irónica y trágica de la sociedad, sus ciudadanos y, sobre todo, sus gobernantes. La siguiente película, de 1993, se tituló “Ámbar” y supuso una inmersión en una temática que rozaba lo fantástico. Narra los recuerdos infantiles de Max, llevado por unos cazadores a una selva donde se topa con extraños personajes en busca de una piedra prodigiosa, el ámbar. La película fue galardonada en el festival de Sitges de 1994 con los premios a la Mejor fotografía y Mejor banda sonora. También, en la edición de los Ariel de 1993, consiguió 4 estatuillas relacionadas con los aspectos visuales. 




En su trayectoria hubo un punto de inflexión temático y de repercusión popular, en 1999, con el estreno de “La ley de Herodes”. Luego se sucederán, por este orden: “Un mundo maravilloso” en 2006, “El infierno” en 2010, “La dictadura perfecta” en 2014 y “Que viva México”, de 2023. Una pentalogía donde cada una representa una crítica mordaz del periodo presidencial que vive o ha vivido el país y, al mismo tiempo, de un “pecado capital” de nuestro tiempo. “La ley de Herodes”. (que se proyecta a los alumnos de la Facultad de Leyes), fue un fenómeno social. Refiere la época del PRI, aún en el poder durante su estreno, y sufrió un intento de censura que fracasó por la presión del público. La cinta, ambientada en 1949, comienza con el nombramiento de Juan Vargas, un insignificante miembro del partido, como alcalde de San Pedro de los Saguaros, ubicado en un estado imaginario donde, en palabras de Estrada, transcurren sus películas; el equivalente al faulkneriano condado de Yoknapatawpha. Lo que el ingenuo Vargas considera un premio a su fidelidad es, en realidad, una jugada del Gobernador; una cortina de humo para tapar un escándalo que podría perjudicar su próxima campaña electoral: el asesinato de su predecesor, linchado por una enfurecida multitud de vecinos hartos de su latrocinio. Las escenas del chasco de Vargas y su esposa al llegar al pueblo y descubrir su miseria, junto a las excusas del Secretario del Gobernador para negarle dinero y, además, reconvenirle por sus quejas, poseen un indudable paralelismo con el relato “Nos han dado la tierra”, de Juan Rulfo, donde la desilusión de los colonos ante el improductivo llano que se les ha concedido en la Reforma agraria es recriminada por el delegado del Gobierno revolucionario: “Ahora váyanse. Es al latifundio al que tienen que atacar, no al Gobierno que les da la tierra”.[4] Para callar a Vargas, el Secretario le regala un voluminoso “Compendio de las leyes federales y del Estado”, después de sacudirle el ingente polvo acumulado tras décadas inmóvil en el estante. Le aconseja que aplique las tasas necesarias - a través de multas, impuestos y demás gravámenes- para llenar el presupuesto, porque “el que no transa, no avanza”. Sin embargo, con esa herramienta en su mano, Vargas se olvida de llevar “la modernidad y la justicia social” al villorrio, pierde poco a poco los escrúpulos, transita de la buena intención a la demagogia y, de allí, a la eliminación de los rivales y al saqueo. Es México bajo la Ley de Herodes: o te chingas, o te jodes. Un ciclo de la corrupción no exclusivo de ese país y aquel momento histórico. Al señalar explícitamente al PRI como culpable, retratando unos estereotipos que muchos reconocían, el impacto de la película contribuyó a su derrota electoral en el 2000, tras setenta años de gobierno. Con ella, Jaime Sampietro, junto al resto de guionistas, ganó el premio Ariel al mejor guion. Además, consiguió otros 9 Ariel, entre ellos el de Mejor película. También se la distinguió, en la Seminci de Valladolid, con el premio a Mejor Actor (Damián Alcázar) y Mejor Fotografía.


            A partir de entonces, los estrenos de Estrada/Sampietro se aguardan con expectación. Además de la sátira de los diferentes periodos presidenciales, cada uno plasma uno de los jinetes que provocan el apocalipsis del Estado, en especial de las clases bajas. A la corrupción en “La Ley de Herodes” le siguió “Un mundo maravilloso” en 2006, la caricatura del neoliberalismo atroz y salvaje que hunde en la miseria a amplias capas de la población, aplicado durante el gobierno del PAN bajo el mandato de Vicente Fox (2000-2006). Ambientada en un futuro indeterminado, pero muy actual – valga la paradoja – narra en tono picaresco las aventuras y desventuras de Juan Pérez, un vagabundo condenado a la marginalidad, al que un suceso accidental convierte en héroe. Buscando cobijo durante una noche de diluvio universal, se cuela en el ultramoderno edificio de WFC (World Finances Center). Sube hasta una planta ya sin trabajadores y, cuando se ha acomodado en un sofá, la entrada del encargado de limpieza le hace huir por la ventana al estrecho saliente del muro. El limpiador cierra la ventana y Pérez comienza a gritar, pidiendo socorro a los pocos empleados que pasan por la calle, quienes creen que se intenta suicidar. La noticia es manipulada por un periódico opositor, que achaca el “suicidio” frustrado a la situación del vagabundo por culpa de la política económica del Gobierno. Juan Pérez se convierte en la chispa que prende el descontento social, pero también en el pelele baqueteado por unos y otros. Él mismo, consciente del escenario, pretende sacar algo de partido para cumplir su sueño: casarse con Rosita y tener una casa y un coche. No pide más a la vida. La deriva tragicómica de los hechos desembocará en un final salvaje. Como sucede con el resto de su filmografía, hay guiños entre las películas propias y otros con las ajenas: cuando la policía pregunta a Juan Pérez por sus apodos, uno de los que menciona es “Varguitas”, lo que lo enlaza con los Vargas de “La ley de Herodes” y “La dictadura perfecta”, que rodará años después. Igualmente, como en la primera, se repite “compadre Filemón” como nombre de vagabundo malhadado o aparece una referencia a una “fábrica de hilos”, en boca de un bombero que, por rescatar a Juan Pérez del alféizar, no pudo acudir a sofocar un incendio en ella. La “fábrica de hilos” en las películas de Luis Estrada es el equivalente al “austrohúngaro” en las de Berlanga. En otro momento, Juan le enseña a Rosita la casa de sus sueños, en la que ambos serían felices; con esa ilusión caminan por una senda, de espaldas a la cámara, en una mímesis de la escena final de “Tiempos modernos”, de Chaplin. Todo bajo la dulce melodía del “What a wonderful world” de Louis Armstrong. La película fue distribuida por la 20th Century Fox.

El narcotráfico, sus atrocidades y la descomposición social que conlleva no podrían quedar al margen de la cosmovisión del dúo. De ello se ocupan en “El infierno”, de 2010. Berlanga cede el puesto a Tarantino. La caricatura que a veces roza lo grotesco se minimiza hasta casi desaparecer. La banda sonora también olvida los alegres guiños al cine mudo de “Un mundo maravilloso” y adquiere tonos lúgubres. Los únicos detalles humorísticos que se esparcen a lo largo del metraje rozan lo cáustico: el padrino del protagonista, con el dinero sucio que este le proporciona, convierte su cochambrosa nave en un flamante taller. “Ahora sólo me faltan los clientes”, añade quejumbroso, sabedor de que nunca los tendrá en ese entorno mísero y violento. O los antiguos colegas, ya convertidos en pistoleros, se ríen del ingenuo Benny cuando, de vuelta tras su expulsión de los “Uniteds” (EEUU), expone su proyecto de montar una academia de inglés.  En “El infierno” se asienta el dúo de protagonistas sobre el que orbitan las restantes películas. Al fijo Damián Alcázar se le une Joaquín Cossío, en un papel que calará en la cultura popular de un modo insospechado: el Cochiloco. La gente usa frases del Cochiloco y la identificación con Cossío perdura a lo largo de los años, lo que le ha traído al actor momentos entrañables y otros no tanto: en alguna ocasión, quienes le han reconocido en una cantina e invitado a tequilas fueron narcos “de a veras”. Los dos forman una dicotomía habitual en el humor desde Laurel y Hardy a Pantomima Full, la interconexión entre un personaje delgado (Alcázar) y otro corpulento (Cossío). La química entre ambos actores quedará patente desde esta primera irrupción. Una química que se extiende al plano personal, a pesar de sus antagónicas opiniones políticas, en especial sobre el mandato presidencial de López Obrador. En “El infierno”, de nuevo, los personajes son presos de sus circunstancias personales, insertas en un sistema que les impide abandonar el círculo vicioso de la marginalidad. El padrino del Benny lo resume en una frase, cuando lo recibe tras los veinte años malvividos por éste en los “Uniteds”: “Me cae que no tienes idea en lo que se ha convertido este país: crisis, desempleo, violencia…”. Un discurso en el que incidirá el Cochiloco, principal pistolero del narco Reyes, cuando le confiese que la falta de oportunidades le empujó a ese tipo de vida. El sueño de Benny, como el de las mujeres de Juan Pérez y del alcalde Vargas en las anteriores películas, es poder emigrar en condiciones a los “Uniteds”. Sin embargo, su realidad los ata a San Miguel Arcángel, al que una mano anónima ha añadido una N en el cartel de entrada, convirtiéndolo en San Miguel Narcángel. Un pueblo perdido en el páramo que guarda mucha similitud con el San Pedro de “La ley de Herodes” y con La Prosperidad de “Que viva México”. Consiguió 9 premios Ariel, incluido el de mejor película, galardón que repitió en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana.

La siguiente escala de Estrada y Sampietro será “La dictadura perfecta”, estrenada en 2014, que tomará el título de una frase pronunciada por Mario Vargas Llosa en 1990: “México es la dictadura perfecta (…)  Porque es la dictadura camuflada, de tal modo que puede parecer no ser una dictadura, pero tiene de hecho, si uno escarba, todas las características de la dictadura.”[5] En ella se retoma la sátira, en este caso reflejando el poder omnímodo de los Medios de Comunicación. Al inicio se parafrasea una anécdota real del presidente Vicente Fox, cuando dijo que los mexicanos, en EEUU, “están haciendo trabajos que ni siquiera los negros quieren hacer”[6], aunque quien la pronuncia se identifica más bien con el entonces máximo mandatario, Enrique Peña Nieto. Después, una parte del guion se asemeja mucho a la denuncia aparecida en The Guardian sobre el acuerdo financiero entre Televisa, la más importante cadena mexicana de televisión y de contenido audiovisual en español, y el propio Peña Nieto cuando aún era candidato a la presidencia, por el que éste sería favorecido en las informaciones y programas de la cadena, mientras que se perjudicaría a su principal rival, López Obrador. Más allá de ese inicio y de las anécdotas locales, resulta universal su esbozo de la manipulación de la realidad por parte de los Medios, al servicio de gobernantes corruptos y grupos económicos de presión. El control ideológico de la población a través de sus mensajes, junto a la creación de ídolos de cartón piedra, son descritos sin piedad y con una valentía que trajo represalias: la misma Televisa se había comprometido a distribuir la película; al ver el producto final, rompió el contrato. Además, ocurrió algún otro incidente menor: Sergio Mayer, que interpreta al sucedáneo del presidente Peña Nieto, fue expulsado de un acto oficial en Los Pinos, sede de la Presidencia de la República.


Como sucede con las demás películas de Estrada y Sampietro, hay guiños que las interconectan. En este caso, Carmelo Vargas se presupone descendiente del Juan Vargas de “La ley de Herodes”, gobernador del mismo estado ficticio y con los mismos métodos mafiosos que su ancestro. En el elenco, además de la pareja Damián Alcázar / Joaquín Cossío, destaca Alfonso Herrera, que asumirá un rol aún más protagonista en “Que viva México”. Según la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica (Cacine), “La dictadura perfecta” ocupa el décimo puesto en la lista de las películas más taquilleras en la historia del cine mexicano. En 2016, el Aula de cine de la Universidad de Zaragoza la proyectó en las tres capitales aragonesas, el 26 de octubre en Zaragoza y Huesca y el 31 del mismo mes en Teruel.


Jaime Sampietro, Joaquín Cossío, Alfonso Herrera y Luis Estrada. Guadalajara. 2014 (extraída del X – antiguo Twitter - de Alfonso Herrera)

             Después de esa última polvareda, la guinda a las anteriores, y a pesar del favor del público, ninguna empresa mexicana, pública o privada, quería financiar un nuevo trabajo del dúo Sampietro / Estrada. Al rescate acudió Netflix que, según Estrada, no impuso ninguna cortapisa en la temática. Así, con varios años de retraso por culpa de la pandemia, en 2023 se estrenó “Que viva México”. El título nos remite a la obra homónima, e inconclusa, de Sergei Eisenstein, y no es casualidad; Estrada afirma que, visualmente, tiene mucho del director soviético[7]. Aunque lo que despertaba un vivo interés era saber cómo enfocarían el gobierno de López Obrador y su “Cuarta transformación”, con el que en teoría existía más afinidad. En palabras del propio Estrada, la ecuación se resolvió reflejando el ambiente que vive el país y cavilando sobre la idiosincrasia mexicana: “Es una película con la que trato de explicarme qué somos los mexicanos (…) reflexiono sobre la polarización y la intolerancia en la que estamos metidos y está siendo alentada desde el poder presidencial. Cuando escribí el guion, adelantándome a lo que estamos viviendo, imaginé un país de todos contra todos, un clima que, ojalá me equivoque, puede tener serias consecuencias si no se detiene esta polarización e intolerancia[8]. Las consecuencias no se hicieron espera. AMLO - acrónimo de Andrés Manuel López Obrador - la trató de churro, al parecer sin haberla visto.[9] Las críticas en general, no han sido tan positivas como con las anteriores obras del dúo. Analizar las causas quizás nos llevan a terrenos que exceden lo cinematográfico. En “Que viva México” nadie se salva. Ni los poderosos, ni la ambiciosa y desmemoriada clase media, ni tampoco los de abajo, despojados de cualquier atisbo de conmiseración. De la burla no se libra ni el propio Jaime Sampietro, que se autoparodia en el patrón del protagonista, Pancho Reyes. Un patrón, símbolo del empresariado nacional, chabacano, fascistoide y soberbio, que amenaza con llevarse la fábrica a uno de esos países donde los obreros no protestan y trabajan como esclavos. Es dueño, por supuesto, de una fábrica de hilos y se llama Jaime Sampaolo.

Este “Pancho” Reyes, afanoso ejecutivo que ha prosperado gracias al esfuerzo de su familia en pagarle los estudios, y que una vez conseguido el ascenso social reniega de ella y de sus orígenes humildes, ha heredado el nombre de su abuelo. Un nombre que coincide con el del hermano-rival del narco y cacique José Reyes en “El infierno”, estableciendo uno más de los sutiles lazos entre las películas y las caracterizaciones implícitas de algunos arquetipos. El pueblo donde reside la numerosa parentela se llama La Prosperidad, creando un juego verbal con el apellido: son los Reyes de La Prosperidad. Una ironía de doble sentido, por la escisión de la familia en dos ramas: la de los auténticos reyes del condado - en el plano político y policial, interrelacionados - y la de los menesterosos. Pancho Reyes, en cambio, vive en Paradise Hill, donde “Vivir es un sueño”, en un paralelismo con la urbanización de clase media de “Un mundo maravilloso”, llamada “Bosques del Paraíso. Un lugar para hacer tus sueños realidad”. El paralelismo se repite cuando los pobres “okupan” la casa de los acomodados. Si en la de 2006 se cumplía el sueño de los primeros, en “Que viva México” se cumple la pesadilla de los segundos.


Luis Estrada, Alfonso Herrera y Jaime Sampietro durante el rodaje de “Que viva México”.

 

El último trabajo de Luis Estrada y Jaime Sampietro es una serie televisiva, "Las muertas", basada en la novela de Jorge Ibargüengoitia y también producida por Netflix, que la emitirá este 2025. Una nueva muestra de la bicefalia que forman ambos guionistas donde, de cara a la galería, Sampietro permanece siempre en segundo plano, salvo en momentos puntuales como su participación en los comités de selección de las películas mexicanas que participan en los Goya o los Óscar. Resulta difícil discernir el aporte de uno u otro en los textos escritos al alimón, y no me atrevo a categorizar simples impresiones, más todavía desconociendo la idiosincrasia mexicana, pero en algunas pinceladas creo reconocer el humor somarda aragonés.

España que perdimos, no nos pierdas”, escribió Pedro Garfias a bordo del Sinaia, en los versos que encabezan este artículo. “Guárdanos en tu frente derrumbada, / conserva a tu costado el hueco vivo / de nuestra ausencia amarga / que un día volveremos, más veloces” continúa el poema[10]. Quizás sea la hora de ese regreso, en la piel del hijo de quienes partieron. A pesar de su discreción, la trayectoria cinematográfica de Jaime Sampietro es amplia y brillante. Un guionista, en palabras de José Luis Sánchez Noriega, es en buena parte el co-autor de una película; y sin un buen guion no existe una buena película, porque es su esqueleto[11]. La calidad de su trabajo, bendecida por el éxito, merece ser conocida y reconocida en Aragón, especialmente en Huesca, la tierra de sus ancestros y con la que su familia mantiene fuertes vínculos.

 

 



[2] GARFIAS, Pedro. “Entre España y México” en “Poesía completa”. Ediciones La Posada. Córdoba. 1989. Pgs. 263-264.

[4] RULFO, Juan. “Nos han dado la tierra” en “El llano en llamas”. Ed. Cátedra. 1986. Pg. 42

[5] VARGAS LLOSA, Mario en el programa "Encuentro Vuelta: La experiencia de la libertad", emitido por Televisa. Agosto de 1990. https://www.youtube.com/watch?v=iu60OuwuZtg

[8] Idem.

[10] GARFIAS, Pedro. Op. Cit. Pg.264

[11] SÁNCHEZ NORIEGA, José Luis. “Historia del cine”. Alianza Editorial. Segunda reimpresión, 2012. Pgs.185-186

* Artículo aparecido en el nº 192-193 de Rolde. Revista de cultura aragonesa. Zaragoza. Junio de 2025. 



 

martes, 26 de agosto de 2025

Sobre Afganistán y otras cosas (texto de 2021).

 Rescatado del facebook (publicado tal día como hoy de 2021):

A bote pronto, se me ocurren algunas cosas sobre lo de Afganistán:
1) Cría cuervos y te sacarán los ojos. Hace cuatro décadas, Estados Unidos decidió entrenar y armar hasta los dientes a un grupo de exaltados barbudos musulmanes, comandados entre otros por un tal Osama Bin Laden, para que combatiesen al enemigo soviético en Afganistán. Porque una cosa ha dejado clara el primo de zumosol de Occidente desde que asumió galones de imperio: antes que un gobierno comunista prefiere a quienes viven mentalmente anclados en la Edad Media (aunque, ay, pobres Ibn Quzman u Omar Jayam si hubieran nacido entre ellos). Considera aliados prioritarios a las monarquías del Golfo, y ha hecho la vista gorda durante décadas ante la proliferación de madrasas financiadas, según los expertos, por alguna de esas monarquías, donde se divulga una visión retrógada del Islam. Lo de la Democracia (real) y la salvaguarda de los Derechos Humanos, en cualquiera de sus acepciones, le interesa tanto como a mí un partido de fútbol en Papúa-Nueva Guinea, si es que allí se juega al fútbol. Europa, en estos temas, sigue realizando el mismo papel que, más o menos, ejecuta desde el fin de la Segunda Guerra Mundial: el de lacayo corriendo detrás de su señor, atento a sus órdenes.
2) Un nacionalismo necesita un enemigo exterior (real o fingido) para cohesionar a su gente. Al nacionalismo, cuando se trata de un país oficialmente constituido, lo llaman patriotismo. Para distraer a los suyos de los problemas estructurales que sufren, los gobiernos de EEUU agitaban al enemigo comunista como Franco al peñón de Gibraltar (aunque, que yo sepa, sin canciones tan sonrojantes como la de José Luis y su guitarra). Cuando aquel desapareció, se buscó un sucedáneo en Oriente Próximo y, tras el 11-S, lo encarnó en el enemigo musulmán extremista. Extremista, en su argot actual, sustituye a comunista y define, como durante la segunda mitad del pasado siglo, a todo aquel que no se pliega a su voluntad o sus negocios, lo sea o no, y sin que importe la brutalidad de quien considera aliado o del sátrapa que impone. Siguiendo esa dinámica de salvador, tan repetida en los imperios a lo largo de la historia, invade otros países. Y a veces, como le sucedió en Vietnam o ahora, sale trasquilado.
3) Para que un grupo como los talibanes derrote a la mayor potencia militar del mundo, me temo, necesita un apoyo entre la población más amplio del que se quiere vender. Los nativos de un país no suelen ver con buenos ojos que un ejército extranjero los invada, más si ese presunto liberador, con cierta frecuencia, no distingue entre buenos y malos y termina haciendo barbaridades parecidas a las del opresor, al estilo de aquel conquistador de Béziers que, ante la duda de quien era cátaro y quien no, ordenó matar a todos y ya Dios cribaría el grano de la paja. En España tuvimos un ejemplo muy claro; aún lo llamamos Guerra de la Independencia - el nombre ya lo dice todo - aunque fuera la lucha, al grito de “Vivan las caenas”, contra el francés que portaba un modelo social más avanzado.
4) Dicen que hay un valle al norte de Afganistán que, como la irreductible aldea gala, no se somete a los vencedores. Los antecedentes familiares del líder no son para echar cohetes, según los estándares occidentales, pero tal vez muchos afganos piensen que más vale Guatemala que Guatepeor, si es cierto que cientos (o miles) están intentando llegar a Panjshir para unirse a los resistentes. Los analistas no les dan muchas opciones porque se hallan cercados por los talibanes y les han cortado los suministros. No soy ducho en intendencia militar, pero me choca que las grandes potencias, y aquí incluyo a Rusia y China, no sean capaces de crear un puente aéreo (o terrestre) seguro para abastecerlos. Si tienen voluntad de hacerlo, claro. Y si las empresas armamentísticas siguen viendo el filón, requisito no menor. Ya puestos, a ver algún día sale a la luz quienes financian las armas de los talibanes. ¿Sólo las compran con los beneficios del opio? El tiempo dirá en qué queda la cosa y, sobre todo, pondrá boca arriba las cartas de todos.
5) Cada vez que nombran a Afganistán recuerdo “El hombre que pudo reinar”. Mucho más que una estupenda peli de aventuras, entre líneas se desliza un análisis antropológico de las mentalidades. De la colonialista, a través de Michael Caine y, sobre todo, Sean Connery, pero también de la tribal, que es para echarles de comer aparte.
6) Me duelen mucho los afganos que quieren vivir en paz como seres humanos de este siglo. Y, más aún, las afganas.



sábado, 26 de abril de 2025

Phil Ochs

 

Hace tiempo vi una vieja entrevista a Leonard Cohen en Donosti, justo antes del famoso concierto de Binéfar. En ella, tras repasar antiguas amistades, comentó que había visto a Phil Ochs en buen estado poco antes de morir, por lo que le sorprendió su suicidio. Ahí tuve mi momento magdalena de Proust, y del fondo de la memoria emergió este cantante, popular en los sesenta y bastante olvidado tras su muerte. Ahora, con el tirón del biopic sobre Bob Dylan, es un buen momento para recuperar la figura de quien, en aquella época, fue su colega y rival.



 Phil Ochs nació en 1940, con 16 años era clarinetista solista en la orquesta del Conservatorio de Música de la Universidad Capital, en Ohio, y una década después se había erigido como uno de los estandartes de la renovada música folk surgida en el Village neoyorkino. Con Bob Dylan mantuvo una relación ambivalente, combinando la mutua admiración –“No puedo seguirle el ritmo a Phil, y él cada vez es mejor”, dijo una vez Dylan- con la rivalidad artística. A esto se añadía un problema de celos porque, se dice, ambos andaban tras Joan Baez. Dylan fue su novio y Ochs le regaló temas como “There but for fortune”, que Baez convirtió en éxito. En 1965, el ya famoso Dylan lo subió a su limusina para que le diese su opinión sobre una de sus últimas canciones. Al invitado le pareció muy floja y el huésped lo echó del coche.

There but for fortune. Joan Báez.

Ochs fue siempre fiel a su temática y sus ideas, aunque su mente albergase contradicciones: creía en la revolución cubana a la vez que en los Kennedy; se posicionaba contra la guerra de Vietnam y admiraba a John Wayne. La difusión de su música se vio limitada por sus posturas políticas, pero no pareció importarle demasiado. En 1971 viajó a Chile junto a su amigo Jerry Rubin, para mostrar a los chilenos que no todos los estadounidenses compartían las intrigas de su gobierno contra el de Salvador Allende. Jerry Rubin da para otro post: de ser uno de los “siete de Chicago” a empresario de éxito. De proponer como candidato a la presidencia de EEUU a Pigasus - un cerdo - a convertirse en uno de los primeros accionistas de Appel. De intentar que el Pentágono levitara con la fuerza mental -y la inestimable colaboración del LSD- a libros de autoayuda para hombres -como él- con un pene pequeño. De yippie a yuppie, en resumen. En Santiago de Chile, los dos amigos se enteraron de una huelga en una mina e intentaban, sin éxito, acceder al autobús que llevaría a un grupo de apoyo a los huelguistas. Deambulaban por las escalinatas de la Universidad Técnica cuando coincidieron con una británica, de nombre Joan, que había acercado con el coche a su marido para que embarcase en el autobús. Le contaron qué hacían allí y ésta les presentó a su marido. Así se conocieron Phil Ochs y Víctor Jara, y así lo cuenta Joan: “Mientras esperábamos a que se llenara, me puse a charlar con dos gringos de aspecto hippie que llevaban una guitarra y estaban sentados en la escalinata del campus. Me contaron que quería ir a la mina a fin de expresar su apoyo a los mineros y cantar si era posible algunas canciones para decirles que muchos norteamericanos condenaban la política de gobierno de los Estados Unidos (…) a medida que se desarrollaba la conversación se presentaron como Phil Ochs y Jerry Rubin. Los llevé adonde se encontraba Víctor conversando con los organizadores de la expedición y él intervino para que les permitieran ir con el grupo. (…) Víctor les dio la posibilidad de hablar y cantar unas pocas canciones, haciendo de traductor, y al final todos juntos entonaron la canción de Pete Seeger If I had a hammer. Los tres se divirtieron tanto que, por la noche, al regresar a Santiago, Víctor los llevó a la peña, donde fueron recibidos calurosamente”. La química entre ambos fue instantánea. El impacto que causó el chileno en él, su forma de relacionarse con los mineros, lo resume su hermano, en el documental “There But For Fortune”, evocando sus propias palabras: “No te imaginas, aquí no somos nada comparados con él; Bob Dylan, Pete Seeger y yo somos una farsa al lado de Víctor”. “Lo adoraba, y admiraba mucho el trabajo que hacía en las poblaciones”, concluye su hermano. Por su parte, Joan afirmó que, para Jara: “era increíble haber encontrado a alguien con ese tipo de compromiso, con ese tipo de entusiasmo, con esa sinceridad en lo que hacía. Era como haber encontrado una suerte de hermano estadounidense”.

Phil Ochs y Jerry Rubin en Chile.

La estrella de Ochs fue declinando en su país, aunque siguió participando en eventos tanto políticos como musicales: apoyó a los demócratas y John Lennon lo invitó personalmente a cantar en un concierto benéfico, en Michigan. Entre medias, vivía experiencias algo peligrosas en parajes lejanos, tanto por Hispanoamérica como por Oceanía o África. En Tanzania, unos ladrones intentaron estrangularlo y dañaron para siempre sus cuerdas vocales. Pensó que había sido un intento de asesinato orquestado por la CIA y el trastorno bipolar que padecía de antiguo se incrementó. En septiembre de 1973, al enterarse del golpe de estado contra Allende y el asesinato de Víctor Jara, el declive se acentuó. Con todo, en mayo del año siguiente organizó en el Madison Square Garden un concierto benéfico de homenaje a Chile, donde, con algún trago de más, Dennis Hooper leyó poemas de Neruda y la mitad de los Beach Boys cantaron “California Girls”, o donde Pete Seeger y Arlo Guthrie (el hijo de Woody) aportaron seriedad. Ochs incluso convenció a Bob Dylan para que participase. Cuentan que el futuro Nobel aceptó cuando le dijeron que se habían vendido pocas entradas. Con él, se llenó la sala.

Phil Ochs y Bob Dylan en el concierto por Chile, en el Madison Square Garden.

A partir de entonces entró en barrena. Aumentó la paranoia - unida a la bebida -, llegó a afirmar que un tal John Butler Train lo había asesinado y usurpado su identidad, afloraron ideas suicidas y vivió un tiempo en la calle hasta que su hermana lo acogió en su casa donde, un día de abril de 1976, lo hallaron ahorcado. Tenía 35 años. Estos últimos años los define su biógrafo Michael Schumacher con estas palabras:

“Según el pensamiento de Phil, había muerto hacía mucho tiempo: había muerto políticamente en Chicago, en 1968, en la violencia de la Convención Nacional Demócrata; había muerto profesionalmente en África, unos años más tarde, cuando fue estrangulado y sintió que ya no podía cantar; había muerto espiritualmente cuando Chile fue derrocado y su amigo Víctor Jara fue brutalmente asesinado; y, finalmente, había muerto psicológicamente a manos de John Train.”

Años después, se supo que el FBI tenía un archivo de 500 páginas sobre Ochs y que, tras su muerte siguieron considerándolo "potencialmente peligroso".

Como se dice en estos casos, siempre nos quedarán sus canciones.

I ain't marching anymore. Phil Ochs.


domingo, 29 de diciembre de 2024

En recuerdo de Míchel del Castillo

 

Ha fallecido Míchel del Castillo, el escritor que encabezó su novela “El crimen de los padres” con la sentencia: “No me gusta España, odio a los españoles” y, sin embargo, eligió el apellido materno para firmar sus obras, en detrimento del francés paterno. El hombre que apenas vivió quince de sus noventa y un años en nuestro país y, en cambio, afirmaba: “En cierto modo, en todos mis libros he hablado de España”. Cuando uno se adentra en su biografía, sobre todo la del primer cuarto de vida, se entiende que no guardara buen recuerdo de sus orígenes, pues sufrió unas penurias que ni el Dickens más desatado habría concebido. Miguel Janicot Del Castillo nació en el Madrid de la República, hijo de francés venido a menos y española de sangre azul, aunque republicana. Sus padres se separaron poco antes de la Guerra Civil. Al estallar la contienda su madre fue encarcelada unos meses por los republicanos - luego sería condenada a muerte por los fascistas – y en 1939 madre e hijo huyeron a Francia. Durante la ocupación nazi, el padre denunció a la exesposa, quien entregó a su hijo como rehén a los alemanes para conseguir la libertad. En 1942 fue deportado al campo de concentración de Mathausen. Sobrevivió y en 1945 padeció una nueva deportación, esta vez a la España franquista, que lo recluyó durante cuatro años en el durísimo Asilo Durán de Barcelona. En 1949 se fugó y lo acogieron en un colegio de jesuitas en Úbeda, donde por primera vez halló una cierta paz y entró en contacto con la literatura. Se marchó del colegio con la idea de llegar a Francia, a pesar de que no sabía nada de su madre y su padre no contestaba sus cartas. Trabajó un tiempo en una fábrica de cemento en Sitges y, después, una concatenación de azares lo llevó a establecerse en Huesca entre 1951 y 1953. Allí lo acogió el personaje más lúgubre de la ciudad, un falangista apodado “el 103” porque coincidían su gusto por ese coñac y el número de asesinatos a sangre fría que había cometido durante la contienda y la posguerra - probablemente fueron más - en una población que apenas superaba los diez mil habitantes. Este lo acabó echando de su casa y, tras una serie de peripecias, logró alcanzar Francia, donde se produjo el gélido reencuentro con su padre – más tarde con su madre, la constatación empírica de la orfandad que sentía – y la aparición salvadora de unos tíos paternos. Ellos le dieron, por fin, un hogar verdadero, pudo estudiar y terminar una novela que llevaba redactando varios años, basada en su propia existencia. La tituló “Tanguy”, vio la luz en 1957 y, de la noche a la mañana, se convirtió en un célebre escritor francés.  

Por razones obvias me interesa su vínculo con Huesca, que plasmó en varias novelas. Y no sólo a mí: un librero oscense me contó cómo trajo unos ejemplares de una de ellas, en francés, y se agotaron al vuelo. Según los estudiosos de su obra, convierte a la ciudad en la metáfora del país entero, donde “todos (…) se definen contra alguien o contra algo, siempre ha sido así. Contra los moros, contra los judíos, contra los catalanes y los vascos. Se es español por oposición a unos enemigos imaginarios”. Respecto a su relación con “el 103”, al menos en “El crimen de los padres”, la ambivalencia sobre los sentimientos hacia él es constante: por un lado, sustituyó a la figura paterna en una época crítica para Del Castillo; por otro, le revela su faceta criminal y lo expulsa de su hogar. El personaje parece encarnar lo que significa España para el autor. En cuanto a la huella que le dejó la ciudad, aparte de lo narrado en las novelas, puedo aportar una anécdota personal: en 2008, hice de presentador y cicerone de Fernando Arrabal durante su estancia en Huesca para impartir una conferencia. Conversando en el taxi que nos llevó al Matadero (no es humor negro; el antiguo matadero se recuperó como bellísimo centro de actividades culturales) salió el nombre de Míchel del Castillo, con quien mantenía trato. Hablamos de su relación con la ciudad y me confirmó que, a pesar de todo, guardaba buen recuerdo de su paso por ella. Unos años después, durante una de sus visitas a Huesca, pude conocerlo. Se celebraba la Feria del Libro y asistí a una charla de Olga Pueyo sobre “El crimen de los padres”, que había traducido José Giménez Corbatón. Ambos tuvieron la gentileza de invitarme a un ágape posterior, donde apareció el autor. En algún momento de esa tarde escribió la dedicatoria que reproduzco en la foto y que, quizás, es un buen compendio de su literatura: “Para Miguel (¡otro más!) Carcasona, este relato extraño, ni autobiografía, ni autoficción, tampoco novela…es la imagen de mi vida. Con amistad. Míchel del Castillo”.


Que la tierra le sea leve y que sus obras perduren.

Este artículo publicado en "El Diario de Huesca" (27-diciembre-2024)

martes, 10 de diciembre de 2024

"Averly, elegía del óxido", de Andrés Ferrer

Hace unas semanas asistí a la presentación de un libro especial, “Averly, elegía del óxido”, del fotógrafo Andrés Ferrer, aliñado con estupendos textos de Adolfo Ayuso, Antón Castro, Julio José Ordovás y Fernando Sanmartín.






Para quien no conozca la historia, Averly fue una potente empresa de fundición industrial - maquinaria y artística - que funcionó durante siglo y medio, con un importante papel en la comunidad y abundante presencia en la ornamentación urbana de Zaragoza. Tras su cierre, en 2011, se vendió para construir pisos de alto coste en el solar, salvo en la entrada principal y la vivienda familiar, declarados Bienes de Interés Cultural. En respuesta, se creó una plataforma ciudadana para salvar también las naves, por su interés como arqueología industrial. Su fracaso era de prever y, como apunta el autor: “El 21 de julio de 2016, cumpliendo con la tradición local, se iniciaron los derribos de Averly”.




Unos años antes, entre noviembre de 2013 y mayo de 2014, Andrés Ferrer consiguió permiso para entrar en la vivienda y en la fábrica abandonada. Su trabajo impacta. Me recuerda a esas imágenes de casas que han sido precipitadamente abandonadas por sus dueños a causa de una guerra o una catástrofe. Innumerables materiales desperdigados, máquinas en desuso, estatuas inacabadas que nos miran con la incredulidad de alguien a quien le sorprende un percance fatal, o como debía mirar la Penélope de Serrat a los viajeros que arribaban cada tarde a la estación. Quizás la que selecciono sea el compendio de lo que significa Averly: una escultura de mujer, boca abajo y con los brazos orantes, abandonada entre el serrín y los desperdicios del suelo. Y ese título del libro olvidado en algún rincón “La verdad que lleva a vida eterna”, el toque irónico final.