Anjela
Duval me recuerda a mi abuela Clotilde. Las arrugas profundas, los vestidos oscuros, la
mirada pícara, de “ezpeleta”. En algunas fotos, eso sí, lleva una boina como la
de mi abuelo. Debió ser una mujer muy apegada a su terruño.
Hija
única (sus hermanos murieron pronto), nació en 1905 y sólo pudo ir unos años a
la escuela por culpa de una enfermedad ósea. Después, se hizo cargo de las
tierras de la familia y de ellas, y en ellas, vivió hasta su muerte, en 1981.
Pasada la cincuentena comenzó a escribir poemas en bretón, su lengua materna, y
a publicarlos en revistas de la región. Debió alcanzar cierto éxito, porque en
1971 le dedicaron un programa en la televisión francesa. Tres cuartos de hora
donde la entrevistan, primero en el campo y luego en su casa, junto al hogar.
Un caserón de piedra, como los de la montaña aragonesa, en apariencia preparada
para albergar mucha más vida que la suya, con la única compañía del perro al
que abraza como si fuera el hijo que no tuvo.
Nunca se
casó. Cuentan que, de joven, no siguió a su novio cuando partió a conocer
mundo. La herida de esa ruptura la narra en el poema “Karantez vro”. Con versos
sencillos, de sabor medieval, desgrana su historia y, a la vez, trasciende lo
personal para convertirlo en una declaración de principios. Más allá, incluso,
de la oda a su país, contrapone dos tipos de personas con dos visiones
antagónicas del mundo, cuya tensión dialéctica acompañan al humano desde
siempre. Acepta con resignación el fatum que su decisión implicó, reconoce que
el dolor aún pervive, pero lo da por bueno porque le ha permitido ser ella.
Duval es, en cierto modo, el reverso de Brassens. Uno provenzal, la otra
bretona; el Mediterráneo cálido frente al frío Atlántico. El individualismo de
uno y el apego a las raíces de la otra. La ciudad frente al campo. A lo mejor
no fue casualidad que ambos murieran con una semana de diferencia.
Este
“Karantez vro”, musicado por el grupo Gwalarn y cantado por Veronique Autret,
se ha convertido en la versión canónica y, por las numerosas existentes,
deduzco que en una especie de himno. Poemas de Anjela Duval se pueden encontrar
en internet, tanto en bretón como en traducciones al francés, pero sobre todo
me atrae su imagen, me produce melancolía, como si viera a mi abuela contándome
historias y chascarrillos junto al calor de la cocinilla.
KARANTEZ VRO.
En un
rincón de mi corazón hay una herida
que llevo
desde mi juventud,
porque,
ay de mí, mi amado
no amaba
lo que yo amo.
Él sólo
amaba las ciudades,
los mares
profundos, los países lejanos.
Yo sólo
amaba los campos,
los
bellos campos de mi Bretaña.
Entre dos
amores tuve que elegir:
amar a mi
tierra o amar al amado.
He
consagrado la vida a mi tierra,
y el
amado partió.
Desde
entonces no volví a verlo
ni supe
más de él.
En mi
corazón sangra la herida,
porque no
amaba lo que yo amo.
Cada uno
debe vivir su destino,
así es la
ley en este mundo
Magullado
quedó mi corazón, claro,
pero él
no amaba lo que yo amo.
Para él,
riqueza y honores,
para mí,
desprecio y vida humilde;
pero no
cambiaría por ningún tesoro
mi
tierra, mi lengua y mi libertad.
(La
versión es mía, basada en las dos traducciones al francés que he leído. Si
alguien conoce el bretón y la puede mejorar, se aceptan sugerencias).

No hay comentarios:
Publicar un comentario