11 de septiembre.
Lo que sucedió un 11 de septiembre marcó un antes y un después en la
historia reciente. No me refiero a la Diada ni a los atentados de las Torres
gemelas, sino al golpe de estado que derrocó a Salvador Allende en Chile. La
experiencia de un socialismo democrático, respaldado por las urnas, fue
arrancada de cuajo por una asonada organizada y financiada desde Washington,
que incluyó un desgaste previo de la estabilidad económica (cerrar el grifo
crediticio, huelga de transporte con huelguistas recibiendo dinero de la CIA,
etc.) y política (terrorismo callejero, continuas trabas parlamentarias…). El
mundo occidental descubrió, por si alguien lo dudaba, que la aceptación del
juego democrático durante la Guerra Fría sólo existía mientras no se cruzara la
línea roja donde comenzaba el territorio, intocable, de los poderes económicos;
si no se traspasaba la fachada para llegar a la esencia.
Asocio esta fecha con las imágenes de los cazas del ejército chileno
bombardeando el palacio de La Moneda, y con el último discurso de Allende antes
de pegarse un tiro, o de que se lo pegasen; es lo de menos. Si hubiera
sobrevivido, pensaban liquidarlo, tal y como quedó reflejado en las
conversaciones de Pinochet y compañía. La asocio en definitiva, y de ahí su
valor simbólico, con un intento (utópico o no) de mejorar la sociedad sobre
bases de justicia y mejor reparto de la riqueza. Lo que siempre me ha movido.
No con el apego a un territorio o una lengua, ni con la magnificación de un
atentado aislado (con todos los matices que queramos añadirle), por muy
espectacular y trágico que fuese.

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