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viernes, 11 de septiembre de 2026

 

11 de septiembre.


Lo que sucedió un 11 de septiembre marcó un antes y un después en la historia reciente. No me refiero a la Diada ni a los atentados de las Torres gemelas, sino al golpe de estado que derrocó a Salvador Allende en Chile. La experiencia de un socialismo democrático, respaldado por las urnas, fue arrancada de cuajo por una asonada organizada y financiada desde Washington, que incluyó un desgaste previo de la estabilidad económica (cerrar el grifo crediticio, huelga de transporte con huelguistas recibiendo dinero de la CIA, etc.) y política (terrorismo callejero, continuas trabas parlamentarias…). El mundo occidental descubrió, por si alguien lo dudaba, que la aceptación del juego democrático durante la Guerra Fría sólo existía mientras no se cruzara la línea roja donde comenzaba el territorio, intocable, de los poderes económicos; si no se traspasaba la fachada para llegar a la esencia.

Asocio esta fecha con las imágenes de los cazas del ejército chileno bombardeando el palacio de La Moneda, y con el último discurso de Allende antes de pegarse un tiro, o de que se lo pegasen; es lo de menos. Si hubiera sobrevivido, pensaban liquidarlo, tal y como quedó reflejado en las conversaciones de Pinochet y compañía. La asocio en definitiva, y de ahí su valor simbólico, con un intento (utópico o no) de mejorar la sociedad sobre bases de justicia y mejor reparto de la riqueza. Lo que siempre me ha movido. No con el apego a un territorio o una lengua, ni con la magnificación de un atentado aislado (con todos los matices que queramos añadirle), por muy espectacular y trágico que fuese.

(Último discurso de Salvador Allende, 11-septiembre-1973)