lunes, 26 de octubre de 2026

Argelès-sur- Mer.

 

Sobre esta playa donde juega un grupo de adolescentes, tal vez una excursión de un lycée cercano, o donde jubilados y gente sin obligaciones laborales aprovechan el calor tardío de septiembre y la ausencia de domingueros para darse un baño. Sobre esta arena finísima y limpia, en 1939, se alzó el campo de refugiados donde recluyeron a cien mil españoles huidos a Francia. Guillermo Palacio, mi suegro, fue uno de ellos. Tenía veinte años y, aunque estuvo poco tiempo, el resto de su vida recordó lo que allí vio: la brutal aglomeración de personas y la nula empatía de algunos guardas; la imagen de hombres, mujeres y niños cagando en el mar a la vista de todos. Me pregunto si los chavales que se lanzan al agua sobre tablas de surf conocerán esa historia. O si algún paseante del parquecillo que discurre en paralelo a la playa descenderá de alguno de aquellos exiliados que no regresaron, como sí hizo mi suegro. No sé si unos u otros repararán en el memorial alzado en una esquina del parquecillo, cerca de los apartamentos en primera línea y de un restaurante desde donde llegan risas y ruidos de cubiertos; si la excursión del lycée o la curiosidad humana alcanza para mirar el plano del antiguo campo, enfrente del memorial. Este mediodía de septiembre se percibe en la playa y sus alrededores el gozo de vivir, el joi de los antiguos trovadores occitanos, y está bien, también nosotros lo sentimos mientras respiramos el aire tan agradable y comemos unos buenísimos productos del mar, a un precio asequible y a una hora decente – es decir, española -, en la humilde y rebosante terraza de unos chavales muy majos. Es normal que recuerdo y tristeza sean inseparables en quienes lo sufrieron. Para los demás, la vida sigue. Lo importante es no olvidar, que esa vida no ahogue el recuerdo.












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