Sobre
esta playa donde juega un grupo de adolescentes, tal vez una excursión de un
lycée cercano, o donde jubilados y gente sin obligaciones laborales aprovechan
el calor tardío de septiembre y la ausencia de domingueros para darse un baño.
Sobre esta arena finísima y limpia, en 1939, se alzó el campo de refugiados
donde recluyeron a cien mil españoles huidos a Francia. Guillermo Palacio, mi
suegro, fue uno de ellos. Tenía veinte años y, aunque estuvo poco tiempo, el
resto de su vida recordó lo que allí vio: la brutal aglomeración de personas y
la nula empatía de algunos guardas; la imagen de hombres, mujeres y niños
cagando en el mar a la vista de todos. Me pregunto si los chavales que se
lanzan al agua sobre tablas de surf conocerán esa historia. O si algún paseante
del parquecillo que discurre en paralelo a la playa descenderá de alguno de
aquellos exiliados que no regresaron, como sí hizo mi suegro. No sé si unos u
otros repararán en el memorial alzado en una esquina del parquecillo, cerca de
los apartamentos en primera línea y de un restaurante desde donde llegan risas
y ruidos de cubiertos; si la excursión del lycée o la curiosidad humana alcanza
para mirar el plano del antiguo campo, enfrente del memorial. Este mediodía de
septiembre se percibe en la playa y sus alrededores el gozo de vivir, el joi de
los antiguos trovadores occitanos, y está bien, también nosotros lo sentimos
mientras respiramos el aire tan agradable y comemos unos buenísimos productos
del mar, a un precio asequible y a una hora decente – es decir, española -, en
la humilde y rebosante terraza de unos chavales muy majos. Es normal que
recuerdo y tristeza sean inseparables en quienes lo sufrieron. Para los demás,
la vida sigue. Lo importante es no olvidar, que esa vida no ahogue el recuerdo.






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