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Pogromo de Lviv (Leópolis) en Ucrania. 1941. |
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Pogromo de Lviv (Leópolis) en Ucrania. 1941. |
En 2013 escribí esto, a raíz de la subasta del pañuelo de Orwell. 9 años después -y sobre todo en estos últimos meses- constato que ha aumentado esa identificación entre "1984" y la realidad en la que vivo, en especial la deriva de los (supuestos) grandes medios de comunicación. Tal vez sea mi interpretación subjetiva, como bien avisaba el propio escritor, pero me preocupa mucho.
ONCE DE AGOSTO.
Paseas por el Coso el once de agosto y, en un escaparate, te detienes ante un puzzle de fotografías. Por peinados y vestimentas adivinas imágenes de Sanlorenzos ochenteros. Sobre ellas no se ha puesto el tiempo amarillo porque son nuevos revelados de fotos antiguas. A un precio asequible, el dueño de la tienda ofrece a los del baby boom un recorte de nostalgia. Entonces reparas en la de un grupo que baja en la cabalgata, entre risas y gestos burlones. Te suena el rostro de uno con pelo rizado que saca la lengua al cámara; un rostro en el que, dando un respingo, te reconoces. El cincuentón que lo mira diríase un calco del chaval: el pantalón y la camisa blanca, la pañoleta verde y la albahaca; sin embargo, ni por asomo te embutirías ahora en aquella ropa: los kilos han aumentado, de media, uno por cada dos Sanlorenzos transcurridos. Y no sólo el cuerpo ha mudado. ¿Eres el mismo que sonríe al otro lado del cristal? Si veinte años no son nada, ya ni te cuento treintaytantos, pero el tango se equivoca o quizás Gardel mintió a conciencia. Observas al resto. Esas décadas han modificado las fisonomías de aquellos con quienes mantienes el trato y han borrado de la memoria a varios. Serían amigos de amigos, amigas de amigas, forasteros conocidos de alguien que al segundo trago eran uno más y al año siguiente volvían por libre, con esa capacidad de confraternizar que se posee de joven y se amplifica en las fiestas. En un último intento de identificarlos, traspasas el vidrio y revives un paisaje lorquiano de multitud que no vomita, sino que es río desbordado de alborozo, que fecunda las calles de una ciudad constreñida durante cincuenta y una semanas, donde todos se conocen y todo se controla. Aquellos ochenta, explosión del jolgorio en un país que quiere sacudirse la caspa enraizada hasta el tuétano, la movida promovida para que el rebaño se coloque y se descoloque del compromiso social, en España el que no se hace rico es porque no quiere, ya semos europeos aunque censuren a Cuervo ingenuo en la tele. Pero es Sanlorenzo, priman las ganas de disfrutar, peregrinando de peña en peña con el carnet que has sacado, camino del chupinazo, en cualquier mesa de los Porches. De vuelta al presente, qué más da si no reconoces a todos los de la foto, piensas, importa el regusto dulce de lo vivido. Con una sonrisa, dejas a tu yo joven en el escaparate y continúas el paseo, como un príncipe de Salina sin pesadumbre, mientras una campana da las horas en alguna iglesia cercana.
(Publicado en el suplemento especial, por las fiestas de San Lorenzo, de El Diario de Huesca. Agosto de 2022).
Hace años, en un examen de Historia, me cayó el tema de las BRIC. BRIC es el acrónimo de Brasil, Rusia, India y China, las cuatro potencias emergentes que, según el guión aséptico del manual, dominarían la economía del mundo hacia la tercera década del siglo XXI. Desarrollé la respuesta académica y, al final, añadí una coletilla de cosecha propia, donde venía a decir que la teoría estaba muy bien, pero la práctica cuenta que ningún imperio se ha dejado arrebatar la preeminencia sin presentar batalla.
Me acordé de aquello cuando oí hablar de la guerra comercial con China; o cuando supe del conflicto del Donbass (recordemos que Ucrania lleva 8 años de guerra civil, con miles de muertos); o cuando mencionaron al nuevo gasoducto para el gas ruso; o, ahora, cuando Putin – no los rusos – ha ordenado la invasión de Ucrania.
Que recuerde, desde crío sólo he visto Eurovisión el año de Chiquilicuatre, y únicamente su actuación y las votaciones. No me interesa ese tipo de música, salvo excepciones. Por otro lado, las galas de cualquier tipo me resultan soporíferas y el aroma del glamour me atrae tanto como el del sobaco de Nadal tras un partido de cinco horas. En ese festival, además, el glamour sobrepasó hace tiempo la fecha de caducidad, aunque resulta imposible no enterarse de qué tema representa a TVE en cada edición, gracias al machaque previo para promocionarlo y al posterior para despellejar al intérprete de turno por su sonado fracaso. Con el escándalo de este año me picó la curiosidad y he escuchado la triada de la polémica. La vencedora ha ido directamente al cubo de basura. En la Baldini vi el trasunto de un lugar común, creo, a cualquiera que esté en contacto con algún mundillo artístico: alguien que te cae bien, pero su obra te parece muy floja. La música es simplona y la letra, bien intencionada en el mensaje – aunque a ratos creía oír una parodia de Pantomima full -, me recordó en su candidez a la de aquellos chicos de “Viva la gente”, sin el olor a sacristía sospechosa de estos. He crecido con Brassens, Sabina o Violeta Parra, por nombrar a tres y, claro, en ese asunto las comparaciones son odiosas. La sorpresa agradable llegó con las chicas gallegas, las Tanxugueiras.
Su propuesta no es novedosa; lo novedoso es dónde y para qué la presentaron. Hoy sobra hablar de mezcla o fusión como en tiempos de Santana (el músico); toca asumir que la canción popular (o el folklore, o la música étnica, como se la quiera llamar) es un organismo vivo y en continua evolución porque esa es su esencia: ser la expresión y representar la idiosincrasia de las gentes que habitan un territorio en un momento dado de la historia. Y eso implica la continua asimilación de ritmos e instrumentos. Me aburren los puristas, lo mismo del flamenco o la jota que del rock (esos que desprecian a quienes usan algo más que batería y guitarras eléctricas). Por suerte, siempre han surgido figuras que les han dado en los morros. Los Camarón, Miguel Ángel Berna o, en el mundo del rock y el pop, una larga lista de grupos o cantantes que se han acercado a la música popular. En España tuvimos un ejemplo maravilloso con Triana, y en el mundo anglosajón, con menos prejuicios respecto a sus raíces, se me ocurren a bote pronto nombres como Waterboys, Jethro Tull, Mike Oldfield, la Creedence…
En sentido inverso, los grupos de música popular han ido incluyendo instrumentos eléctricos y ritmos actuales. Y en ambos casos, como en cualquier estilo, se han conseguido resultados que van desde magníficos a totalmente prescindibles. Hay una revisión y renovación de la música de raíz, cuyo fantasma recorre Europa desde Georgia hasta Finisterre. Nombres como el Trío Mandili, Otava yo, Hrdza, Les ramoneurs de menhirs o Rodrigo Cuevas la ponen al día, cada uno en su entorno y con sus propias características.
Las Tanxugueiras han cogido un ritmo de pandereteiras, le han añadido una instrumentación de este siglo y una estética gótica para crear un tema comercial y a la vez telúrico que, por lo visto (y me huelo que para estupefacción de algunos), gustó a la inmensa mayoría del público votante. Esto último, en sí, no otorga certificado de calidad, pero ya que hablamos de negocios (de eso se trata en la música festivalera, televisiva y, por añadidura de radiofórmulas), quizás los sesudos ejecutivos deberían tomar nota. Por cierto, Moldavia manda a Eurovisión un grupo que mezcla sin tapujos country, klezmer, pachanga y, a ratos, una coreografía que parece hija del Aserejé, con un estribillo muy directo: “Lets go!! Folklore and Rock and roll!!” Tengo curiosidad por saber en qué puesto queda, así que lo miraré al día siguiente. Porque, eso sí, el festival no me lo trago.
Tener un poco de síndrome de Diógenes con lo que he sido, con los papeles y fotografías que dejan testimonio de cómo era y qué pensaba varias décadas atrás, conlleva el peligro de que, en días de fiesta como hoy, decida hacer limpia de lo que lleva años olvidado en rincones, encerrado en carpetas que no he abierto desde mucho antes de la última mudanza, hace casi media vida, y me dé de bruces con ese pardillo cuyo nombre he heredado en los documentos oficiales. La limpieza, entonces, queda a medias porque acabo embebido en esos textos, que lo mismo sonrojan por malos como sorprenden al descubrir temas desarrollados más tarde. Encuentro esbozos de relatos que no sé de dónde venían ni adónde pretendía que llegaran. También versiones primeras de poemas que vieron la luz, tras despojarlos de lo que consideré material sobrante y, con asombro, compruebo que el proceso de su creación, ese del que recuerdo incluso el día y el ambiente donde surgió el primer verso, no fue exactamente así. Esos versos desechados, esa ordenación alterada en el poema definitivo modifican la versión canónica elaborada por mi memoria. No puedo dejar de preguntarme, en ese instante, con cuántos recuerdos me ha sucedido lo mismo. Cuánto del discurso que he elaborado para justificarme en el mundo responde a la realidad, y cuánto es una ficción que he terminado creyendo.
Guardo todo lo que he escrito desde la adolescencia. Y quizás sea un error.