jueves, 4 de mayo de 2023

El gato de Peñafiel

 

De camino, paramos a comer un bocadillo en un pequeño parque de Peñafiel. Apenas una hectárea de verde entre el río, una calle y la carretera. En cuanto nos sentamos apareció de la nada, con hambre pero no famélico, callejero pero no vagabundo. Tenía unos bonitos ojos, cada uno de un color. Ágil y con el punto justo de desvergüenza para moverse sin tregua entre los comensales de pierna en pierna, sin rozarlas, maullando suave para reclamar comida. No despreciaba el pan, agradeció la carne y disfrutó con el manjar de las torrijas. A veces torcía el gesto al masticar, como si le dolieran los dientes.



En una esquina del parque se levantaba un kiosco con algunas mesas donde, probablemente, conseguía algunas raciones. Creíamos que al marchar nos seguiría, suplicando que lo adoptáramos, sin embargo se detuvo al llegar a la acera. Nos miró mientras recogíamos las bolsas en el coche, al otro lado de la calle. Cuando se cercioró de que no regresaríamos, dio media vuelta y desapareció en esa nada de la que había surgido. Allí aguarda a que un día te detengas en ese rincón de Peñafiel. En su casa.



miércoles, 1 de marzo de 2023

Pablo González lleva un año encarcelado en Polonia.

 

El periodista Pablo González, que ha trabajado para la Sexta o Público, entre otros Medios, cumple un año de prisión en Polonia, en unas condiciones más cercanas a las del feudalismo medieval que a las de un país democrático del siglo XXI.

Pablo González es hijo de ruso y española (nieto de unos de los niños de la guerra). Vivió sus primeros ocho años en Moscú bajo el nombre de Pavel Rubtsov González (el apellido de su padre). Cuando sus progenitores se separaron, se estableció con su madre en España, adoptando sus apellidos. Su padre y parte de familia siguen residiendo en Moscú. Para visitarlos y ahorrarse los engorrosos trámites que se exigen a los extranjeros, mantiene dos pasaportes: el español, como Pablo González, y el ruso, como Pavel Rubtsov. Es práctica habitual de muchos rusos residentes en nuestro país. Con Rusia no existe el tratado de doble nacionalidad; aquí sólo pueden usar el pasaporte español y allí les permiten mantener ambos. Así funcionó siempre Pablo, sin ningún problema. Estos surgieron tras la invasión de Ucrania. Se hallaba en Polonia cubriendo las oleadas de refugiados de los primeros días cuando fue detenido, acusado de espiar para los servicios de inteligencia de Putin. Un año después continúa en prisión preventiva (en régimen de aislamiento), sin que se haya presentado ninguna prueba contra él, más allá de la existencia de los dos pasaportes. Las únicas visitas que ha podido recibir han sido varias del cónsul, de sus abogados polacos (no españoles) y una de su mujer (española, como sus hijos, a quien no ha visto desde entonces). Por las informaciones que llegan, su estado físico ha degenerado considerablemente.

Artículo en Infolibre. 26-febrero-2023

Polonia, en los últimos años, había tenido muy serios encontronazos con la Unión Europea por la violación del Estado de Derecho. Araceli Mangas, catedrática de Derecho Internacional de la Universidad Complutense definía la deriva polaca con rotundidad en un reciente artículo: “las actuaciones del Gobierno, Parlamento y Tribunal Constitucional polacos plantean, más allá de la gravedad de no aceptar la primacía del Derecho de la UE, la reversión del sistema democrático que no se limita a elecciones periódicas; se ha ordenado el ataque a valores elementales en una democracia”. La situación llegó hasta el punto de que se bloquearon los fondos europeos para aquel país. Todo cambió con la invasión de Ucrania (incluido el libramiento de 36.000 millones de euros retenidos, a pesar de seguir sin cumplir las condiciones exigidas). Si a esto le añadimos la paranoia rusófoba de los últimos meses, y la indiferencia (cuando no ominoso silencio) de Medios de comunicación y Gobierno español, entenderemos por qué se ha llegado a esta situación: un ciudadano de la UE encarcelado en un país de la Unión contraviniendo los más elementales derechos jurídicos que le deberían asistir.

Artículo completo de Araceli Mangas

No sé si Pablo González espiaba o no para Rusia, pero los argumentos esgrimidos en su contra me recuerdan demasiado a las novelas de John Le Carré ambientadas en la Guerra Fría. En pleno siglo XXI, acusan a un tipo con una cámara en la calle (sin acceso a centros de poder y fuera de los países en conflicto) de ser un peligro real para la seguridad de una nación. La mejor palabra para definirlo es tragicómico. La parte de comedia la aportan los organismos estatales. La de tragedia, la víctima de lo que parece la venganza personalizada en alguien cuyo “delito” es llevar sangre rusa. Me preocupa esta normalización del pensamiento y modos de actuar de la extrema derecha, bajo un disfraz democrático, en países de la Unión Europea.



 

miércoles, 25 de enero de 2023

"La vida de los demás" (There is no evil), de Mohamad Rasoulof.

El director de cine Mohamad Rasoulof, como el también iraní Asghar Fharadi, posee la virtud que suele atribuirse a la poesía del silencio: contar tanto, o más, con lo elidido que con lo explícito. En las cuatro historias que integran “La vida de los demás” (“There is no evil”), el tema central no es la pena de muerte, en sí, sino las consecuencias que genera en los verdugos el acto de matar a una persona. Unos verdugos que lo son por oficio u obligación, nunca por vocación, y un acto, el de ejecutar, que a todos les damnifica en su cotidianidad y sus relaciones. El mensaje es claro: no existe la obediencia debida y somos responsables de nuestras acciones. La valentía del rebelde se paga, pero la cobardía o el interés del cumplidor también se cobran su precio, porque el remordimiento corroe a quien tiene un mínimo de conciencia.


Los paralelismos de las escenas donde se mezclan paisaje y música describen con sutileza los estados de ánimo de los protagonistas y, por extensión, de las diversas generaciones de iraníes: en el final de la segunda historia, la pareja de jóvenes felices se detienen en el mirador desde el que se contempla una vista deslumbrante de la Teherán crepuscular, donde las luces se encienden, mientras suena una versión de Bella Ciao (“Adiós, bella”), no con la letra partisana, sino con la cantada por las trabajadoras de los arrozales que lamentan la juventud desperdiciada. En el final de la cuarta, al paisaje casi lunar de las montañas secas le acompaña otra versión de Bella Ciao, de ritmo lento y sólo musical, que le da un tinte melancólico al relato del médico en las postrimerías de la vida. 



Y por encima de la trama, la plasmación de una sociedad efervescente bajo la losa de la teocracia. Algunos planos rebosan simbolismo, a la vez que sortean la estupidez del censor. Las mujeres aparecen en pantalla con el hijab, incluso en las escenas domésticas donde no es obligatorio su uso. En una, el marido le tiñe el pelo a su esposa, ambos de espaldas a la cámara. No vemos su rostro, pero sí su hermosa melena desparramada, sin la constricción del pañuelo, y en esa melena se concentra la vitalidad de una sociedad que aspira a mostrarse tal cual es, sin ataduras, hermosa como esas actrices y actores, en su mayoría desconocidos para mí, cuya belleza mineral, la extraña mezcla de suavidad y dureza en rasgos y gestos, me atrapa en cada película que descubro de aquella potente cinematografía. Leila Hatami, Shahab Hosseini, Mahtab Servati, Mohammad Valizadegan o Taraneh Alidoosti son nombres que, salvo la primera, me cuesta retener.



“La vida de los demás”, ganadora del Oso de oro en Berlín, sigue prohibida en Irán. Mohamad Rasoulof ha pasado medio año en la cárcel (ha sido liberado hace unos días, por su estado de salud), tras firmar una carta pública en la que se pedía a las fuerzas de seguridad que depusieran las armas ante las protestas que, por una causa u otra, agitan el país. Otros cineastas han sufrido igual suerte, entre ellos Taraneh Alidoosti, la protagonista de El Viajante. Algunos continúan en prisión. Todos merecen nuestro apoyo y solidaridad.





viernes, 16 de diciembre de 2022

Un recuerdo personal de Sol Acín.

 

Me alegra saber que la Escuela Oficial de Idiomas, en Huesca, llevará el nombre de Sol Acín, y que se le ha rendido un cálido homenaje con la participación de su hijo y sus sobrinas. El dolor que se le infligió es irreparable, pero supone un bello gesto hacia quien fue oscense, profesora de francés y traductora. Tuve la fortuna de conocerla, y en 2014 escribí este texto, a raíz de un libro publicado por las PUZ.

 

Un recuerdo personal de Sol Acín:

 


A Sol Acín la conocí poco antes de que se jubilara. Trabajábamos en el mismo instituto, ella como profesora de Francés y yo – con veintipocos años - en la Secretaría. No recuerdo en qué momento supe quién era o, para ser más precisos, de quién era hija. Sí, que no me atreví a intentar un trato más cercano, ni mucho menos a nombrarle a sus padres, Ramón Acín – el Lorca oscense - y Conchita Monrás, asesinados por “los buenos vecinos de Huesca”, en palabras de Max Aub. Siempre he sido algo bocazas cuando debo callar y demasiado tímido en los momentos fundamentales.

La ocasión de profundizar en el trato llegó de rebote. Sin saberlo, ambos estábamos afiliados al mismo sindicato. En aquella época funcionaba una sección de docentes y, una tarde, me invitaron a una reunión informal en Los Espumosos. Seríamos 7 u 8, y allí me atreví a entablar una conversación con ella, amparados en el origen geográfico común: “Ser de Sangarrén es como ser de Huesca”, me dijo. Siempre la percibí como una mujer sensible y sutil, tal como hoy la definen en el Heraldo, pero no enigmática, el tercer adjetivo que le dedican. Sí discreta, incluso tímida, pero también afectuosa en cuanto entrabas en su mundo, aunque fuese muy levemente como sucedió en mi caso. Poco después se jubiló, sin que hubiera superado el pudor de preguntarle por su pasado, y perdimos el contacto. En algún momento de aquella época leí su único libro de poemas “En ese cielo oscuro”.



El último recuerdo que guardo de ella es indirecto y me dejó una tristeza imposible de reparar: una tarde de mayo me encontré, en el vestíbulo del hospital infantil, con Carmen Arduña, poeta y amiga común. Yo, exultante, iba a llamar por teléfono a la familia para anunciar el nacimiento de mi hijo, y ella iba a – o venía de - visitar a Sol, recién operada. Le dije que le diera recuerdos y que intentaría acercarme a verla antes de que abandonásemos el hospital, pero con el jaleo del nacimiento no lo hice. Unos meses después murió a causa de la enfermedad por la que fue intervenida.

Hoy han presentado en la Feria del Libro de Huesca “Hora temprana. Poemas y cartas”, que reúne correspondencia y versos inéditos de Sol, publicada por Prensas Universitarias de Zaragoza en su colección Larumbe, en edición de Ismael Grasa. Una buena ocasión para acercarse a ella.



 

martes, 6 de diciembre de 2022

José Saramago en Zaragoza.

 

Ahora que se cumple el centenario de José Saramago, recuerdo la única vez que lo vi en persona, hará un par de décadas. Visitaba Zaragoza y se había programado un encuentro con sus lectores en el antiguo salón de actos de la CAI. Acudí a la hora, conocedor por experiencia de que los literatos no llenan auditorios, y me di de bruces con una multitud agolpada ante la puerta. Deduje que de los madrugadores sería el reino del escritor y que, a mi pesar, no me contaría entre los elegidos. Aun así, permanecí en los aledaños hablando con los conocidos, cuando un rumor, unido a una ovación, nos alertó de su llegada, al unísono que el gentío se abría como los forofos en el Alpe d’Huez al paso de los ciclistas. Divisé la cabeza de Saramago, con una expresión entre sorpresa y agradecimiento por tanto fervor hacia alguien que, como él, no era cantante ni deportista (aún no existían youtubers ni influencers). Parecía la cabeza de Santa Orosia llevada en volandas por los devotos durante la romería del Sobrepuerto. La masa se cerró tras su espalda y Manolo Vilas, el presentador, pasó apuros para entrar. Al fin, la puerta se clausuró, dejándonos fuera a la mitad de la gente. Tal caos se había formado que una de las damnificadas fue Mª Ángeles Naval, profesora de Literatura en la Universidad y, por aquella época, pareja de Vilas. Me acerqué a saludarla, y mientras comentábamos lo sucedido vimos, con asombro, a una descolocada Pilar del Río bajo los porches. Que la esposa de Saramago también se hubiese quedado en la calle resultaba inaudito. En broma, le propuse a María Ángeles que ambas realizasen un encuentro alternativo, en femenino, al que sus maridos protagonizaban dentro. Pronto la gente reparó en la presencia de Pilar y rompiendo la timidez, o pensando que donde no hay pan, buenas son tortas, alguien se animó a hablarle. No sé qué le dijo, tal vez lo que se suelta en estas ocasiones, que Saramago escribe muy bien, detalles de alguna novela, en fin, cualquier fruslería para romper el hielo. El caso es que poco a poco un grupo comenzó a rodearla, interpelándola uno tras otro, o varios a la vez, y ella, tan delgada, sin perder la sonrisa, comenzó a retroceder pasito a pasito hasta acabar con la espalda contra pared, cercada por una nueva multitud que, vista desde afuera, no se sabía si iba a adorarla o a agredirla.

Hasta aquí llega mi memoria. Supongo que se abriría paso en busca de un refugio, sin dejar de sonreír como un rato antes su marido, o que alguien de la organización saldría a rescatarla. Fuese cual fuese el final, esas imágenes de ambos acuden a mi mente cuando se los menciona: un escritor feliz y aturdido entre una masa que desea oírlo y su mujer acorralada por quienes no pudieron escucharlo.




martes, 15 de noviembre de 2022

Un artículo imprescindible de Grzegorz Rossoliński-Liebe para entender Ucrania.



Este artículo me parece imprescindible para contextualizar lo sucedido en Ucrania durante las últimas décadas. Apareció en 2012 y su autor es Grzegorz Rossoliński-Liebe, historiador germano-polaco de la Universidad Libre de Berlín, experto en la historia del Holocausto y Europa Central y Oriental. Su tesis doctoral versó sobre Stepan Bandera y la OUN (Organización de Nacionalistas Ucranianos), publicando luego la biografía canónica: “Stepan Bandera: La vida y el más allá de un nacionalista ucraniano. Fascismo, genocidio y culto.”

En “Debatiendo, enturbiando y disciplinando el Holocausto...” (subo la traducción española, en el propio texto está el enlace a la versión original en inglés) se recorre la historia del nacionalismo ucraniano desde su origen en 1920 hasta nuestros días; muestra su colaboración con los nazis - con cuya ideología se identifican - en las matanzas de judíos y polacos durante la Segunda Guerra Mundial; analiza la diáspora de sus miembros por Occidente, tras la derrota, y la utilización y promoción de estos durante la Guerra Fría, acogidos en prestigiosas universidades como la de Harvard. Convertidos – como Franco – en los nuevos aliados contra el comunismo, los antiguos pronazis reescribieron sus propios documentos, al modo orwelliano, y blanquearon su ideología (siempre subyacente), hasta presentarse como simples luchadores por la independencia de un país que, por otra parte, apenas había existido durante tres años tras la Primera Guerra Mundial. Para Rossoliński, esta revisión falaz de sus actos e ideas, unida a la identificación automática de lo antisoviético con lo demócrata en la cosmovisión occidental, impregna en mayor o menor medida el trabajo de los historiadores – y no sólo de ellos - hasta el día de hoy.

El estudio también aborda la implantación de ese discurso ultranacionalista revisionado en la Ucrania independiente tras 1991, lo que conllevó la glorificación de Stepan Bandera como héroe de la patria, llenando el territorio de monumentos a su memoria, fundamentalmente en el Oeste dada “la enorme hostilidad cultural y política entre las partes occidental y oriental del país”. A ello se unió la expansión, desde instancias oficiales, de un relato en el que se negaba la participación de los nacionalistas de la OUN y el UPA (Ejército Insurgente de Ucrania) en los pogromos donde asesinaron (y confiscaron sus propiedades) a millón y medio de judíos ucranianos; en la limpieza étnica de Volinia y el Este de Galitzia, donde perecieron unos 100.000 polacos; o en la eliminación de “ucranianos no leales” partidarios de la URSS. En palabras del autor: “la legitimación del nacionalismo en publicaciones históricas y la construcción de monumentos a políticos nacionalistas o criminales de guerra son dos partes de un proceso recíproco con consecuencias desastrosas para la población local” (pg.36).


Como ejemplos de ese revisionismo, en el Congreso de 1941 los nacionalistas adoptaron el saludo fascista (levantar el brazo derecho) mientras se gritaba “Slava Ukraïni!” (¡Gloria a Ucrania!) y se respondía “Heroiam Slava!” (¡Gloria a los héroes!). Junto a ello, el lema «una nación, un partido, un líder» (odyn narid – odyn provid – odna vlada); y la bandera roja y negra, que simbolizaba la sangre y la tierra (Blut und Boden). Oficialmente declaró que judíos, polacos, rusos, soviéticos y ucranianos no leales eran los enemigos de la nación ucraniana y aconsejó a sus miembros que les destruyeran si es posible. En 1955 se volvieron a publicar las resoluciones del Congreso, eliminando las partes más comprometedoras; quedaron como la versión canónica para el futuro.
Lo mismo sucedió con el texto de la proclamación del Estado ucraniano el 30 de junio de 1941. En ella figuraban frases de admiración por Hitler y expresiones de deseo de una estrecha colaboración con la «Gran Alemania nacionalsocialista que bajo el liderazgo de Adolf Hitler está creando un nuevo orden en Europa». La versión falsificada de este documento, eliminando esos párrafos, no sólo fue republicada durante muchos años poco antes del aniversario del 30 de junio en varios periódicos ucranianos de derecha radical en Toronto, Londres o Münich, sino que se celebró entonces como un acto valiente y antialemán de «renovación de la condición de un Estado ucraniano». Porque, como bien apunta el historiador, la revisión y reescritura de sus propios textos ya comenzó antes del fin de la guerra, cuando percibieron la próxima derrota alemana y buscaron el amparo de las potencias occidentales.


Tras la derrota nazi, los nacionalistas siguieron combatiendo contra los soviéticos hasta 1950. Fruto de ello fueron los 30.000 prosoviéticos asesinados (de ellos, 20.000 civiles), pero también las drásticas represalias contra los acusados de pertenecer a la OUN, que alcanzaron a casi medio millón de ucranianos, entre muertos, arrestados y deportados. Este terror, según Rossolinski, afectó a casi todas las familias en el oeste de Ucrania y tuvo un impacto significativo en las futuras relaciones ucraniano-soviéticas en esa parte del país, sin duda unido al recuerdo del Holodomor.


A comienzos de 2012, Rossoliński fue invitado por la embajada alemana en Kiev a impartir seis conferencias sobre Stepan Bandera en Leópolis (Lviv), Dnipro y Kiev. En la primera, los organizadores no consiguieron encontrar un lugar que quisiera albergarla. Tres de las cuatro de Dnipro y Kiev se suspendieron y la única que se pudo realizar en la capital fue en el edificio de la embajada y bajo protección policial, boicoteada por intelectuales locales – no sólo nacionalistas - y con cien manifestantes en la puerta – incluidos ultraderechistas- que lo acusaban de ser “nieto de Goebbels” y un “fascista liberal de Berlín” (sic). Ninguna editorial ucraniana quiso (o se atrevió) a traducir su biografía sobre Bandera hasta poco antes de la invasión (criticada por el historiador), en que lo hizo, al parecer, una pequeña.

Pogromo de Lviv (Leópolis) en Ucrania. 1941.


 


martes, 27 de septiembre de 2022

EL PAÑUELO DE ORWELL

    En 2013 escribí esto, a raíz de la subasta del pañuelo de Orwell. 9 años después -y sobre todo en estos últimos meses- constato que ha aumentado esa identificación entre "1984" y la realidad en la que vivo, en especial la deriva de los (supuestos) grandes medios de comunicación. Tal vez sea mi interpretación subjetiva, como bien avisaba el propio escritor, pero me preocupa mucho.

EL PAÑUELO DE ORWELL:
El 3 de octubre subastarán en Londres uno de los pocos fetiches que atesoraría con gusto: el pañuelo que George Orwell llevaba al cuello cuando una bala lo hirió en el frente de Huesca, durante la Guerra Civil. No sabía de su existencia, y menos todavía que alguien lo conservara, con el agujero y la sangre del escritor salpicándolo. Un fetiche en toda regla, vamos.
Por si alguien no lo sabe, Orwell participó en la guerra en las filas del POUM, primero en la sierra de Alcubierre y luego en el cerco de Huesca, durante la primera mitad de 1937. Entre medias, durante un permiso, participó en los sucesos de Barcelona. Narra sus peripecias en un libro magnífico, "Homenaje a Cataluña", que a pesar de su título se desarrolla, principalmente, en Aragón. En esas mismas páginas, escritas nada más huir de España para no ser arrestado por pertenecer al POUM, ya deja claro que la experiencia vivida aquí cambió su visión de la realidad y del socialismo. A partir de entonces surge el Orwell que, en la década siguiente, creó "Rebelión en la granja" y "1984". Se ha insistido mucho en su crítica al comunismo, y con razón si recordamos las delaciones a la policía inglesa en las postrimerías de su vida. Pero a menudo también se olvidan las propias palabras del inglés: "cuidado con mi parcialidad (...) y la deformación que inevitablemente produce el que yo sólo haya podido ver una parte de los hechos. Pero cuidado también con lo mismo al leer cualquier otro libro acerc constituyeron, según él, las milicias, sentencia: "En lugar de desilua de este periodo de la guerra española". Tampoco suele recordarse que, al retratar el "microcosmos de una sociedad sin clases" quesionarme, me atrajo profundamente y fortaleció mi deseo de ver establecido el socialismo".
En cualquier situación polarizada en dos bandos es difícil ser (o pretender serlo) una voz independiente: llueven los palos desde ambos lados. Orwell intentó serlo durante los trece años que sobrevivió a la herida, y si tuvo dificultades por sus opiniones sobre nuestra guerra, la escisión del mundo en dos bloques tras la Mundial no ayudó a leerlo con imparcialidad. A "1984" y su Gran Hermano se le considera la radiografía de la sociedad estalinista. Yo sólo he conocido por referencias una dictadura comunista, pero cuando lo leí me pareció una caricatura amarga de la sociedad capitalista en que vivía. Y esa impresión y sus manifestaciones, coincidentes con las del libro (el control de la gente mediante la tecnología, la división en estamentos, la manipulación de la realidad y de la historia) se acrecienta con el tiempo.
Por eso considero un fetiche a ese pañuelo, perforado por la bala que quiso enmudecer para siempre al escritor y sólo lo consiguió durante un tiempo, aunque sus secuelas lo aniquilaran unos años después, todavía demasiado joven para morir. Además, todo sucedió cerca de mi pueblo, junto al Flumen donde Orwell y yo nos bañamos con unas décadas y unos kilómetros de diferencia, un Orwell acribillado por los tatarabuelos de los mosquitos que desde mi nacimiento me han acribillado y que, a pesar de su promesa, nunca pudo tomar en Huesca el café que tantas veces, a su salud, he bebido en sus bares.
Por eso, dicho sea de paso, considero que 1400 € no es tanto dinero para que alguna institución oscense, el Museo por ejemplo, se animara a comprarlo para exhibirlo al público.