No aspiro al paraíso, algunas cosas no me gustan ni comparto todas las decisiones de esta última legislatura. Pero recuerdo cómo gobernaban los otros: la austeridad a costa de los de siempre mientras se amnistiaba a los grandes defraudadores; la sonrisa de Aznar en las Azores, ufano como el lacayo a quien por una vez permiten sentarse a la mesa del señor; las mentiras de las armas masivas o el 11-M. También soy lo bastante viejo y sensato para no tragarme la hipocresía de su escisión ultrapatriotera (a la que cada vez se acercan más en su deriva), su ramplonería revestida de palabras tan falsas como aquellos rancios decorados de cartón piedra que la nostalgia, esa traidora, presenta como paisajes reales en las mentes de algunos. Una palabrería que arrojan por todos sus medios (muchos y poderosos, ¿de dónde saldrá tanto dinero?) para inflar de aire los cerebros y convertirnos en hombres huecos, apoyados unos en otros con la cabeza llena de serrín (tomo la metáfora de Eliot). No soy un ingenuo, y sé que el margen de maniobra no es demasiado ancho, ni estoy tan ciego para no ver que entre los dos partidos grandes, en los grandes temas, existen pocas diferencias. Pero existen, y se amplían porque uno, por fortuna, tendrá que volver a apoyarse en la izquierda (ahora encarnada en el Sumar al que voy a votar) y el otro, por desgracia, va de la mano de la ultraderecha. Por eso, aunque no espere maravillas, prefiero otros cuatro años así que sufrir a Feijóo con Abascal en los tiempos que se avecinan. Si me entra añoranza del esperpento, ya cogeré un libro de Valle-Inclán.
lunes, 24 de julio de 2023
martes, 6 de junio de 2023
Pampurrias tras la noche electoral.
A mí, los que de verdad me dan pampurrias son quienes celebran como una victoria lo que, en realidad, les supondrá cavarse un hoyo más profundo o caer en él desde el borde donde, mal que bien, van sobreviviendo. Esos que se creen pasajeros del mismo barco que quienes, a veces, les pasan la mano por la espalda, la misma mano con la que, cuando no los necesitan, los arrojan sin miramientos por la borda. Esos funcionarios de medio pelo que miran por encima del hombro al usuario; esos currantes de poco sueldo y mucho forocoches; esos autónomos que, por no tener jefe, se imaginan compadres de los Amancios y Florentinos; esos patriotas que se enrollan la cabeza con una bandera que los deja ciegos. Esos, en definitiva, sobre los que se mean quienes hoy brindan con motivo, y aún lo agradecen porque piensan que los rocían con champán.
jueves, 4 de mayo de 2023
El gato de Peñafiel
De camino, paramos a comer un bocadillo en un pequeño parque de Peñafiel. Apenas una hectárea de verde entre el río, una calle y la carretera. En cuanto nos sentamos apareció de la nada, con hambre pero no famélico, callejero pero no vagabundo. Tenía unos bonitos ojos, cada uno de un color. Ágil y con el punto justo de desvergüenza para moverse sin tregua entre los comensales de pierna en pierna, sin rozarlas, maullando suave para reclamar comida. No despreciaba el pan, agradeció la carne y disfrutó con el manjar de las torrijas. A veces torcía el gesto al masticar, como si le dolieran los dientes.
En una esquina del parque se levantaba un kiosco con algunas mesas donde, probablemente, conseguía algunas raciones. Creíamos que al marchar nos seguiría, suplicando que lo adoptáramos, sin embargo se detuvo al llegar a la acera. Nos miró mientras recogíamos las bolsas en el coche, al otro lado de la calle. Cuando se cercioró de que no regresaríamos, dio media vuelta y desapareció en esa nada de la que había surgido. Allí aguarda a que un día te detengas en ese rincón de Peñafiel. En su casa.
miércoles, 1 de marzo de 2023
Pablo González lleva un año encarcelado en Polonia.
El
periodista Pablo González, que ha trabajado para la Sexta o Público, entre
otros Medios, cumple un año de prisión en Polonia, en unas condiciones más
cercanas a las del feudalismo medieval que a las de un país democrático del
siglo XXI.
Pablo
González es hijo de ruso y española (nieto de unos de los niños de la guerra).
Vivió sus primeros ocho años en Moscú bajo el nombre de Pavel Rubtsov González
(el apellido de su padre). Cuando sus progenitores se separaron, se estableció
con su madre en España, adoptando sus apellidos. Su padre y parte de familia
siguen residiendo en Moscú. Para visitarlos y ahorrarse los engorrosos trámites
que se exigen a los extranjeros, mantiene dos pasaportes: el español, como
Pablo González, y el ruso, como Pavel Rubtsov. Es práctica habitual de muchos
rusos residentes en nuestro país. Con Rusia no existe el tratado de doble
nacionalidad; aquí sólo pueden usar el pasaporte español y allí les permiten
mantener ambos. Así funcionó siempre Pablo, sin ningún problema. Estos
surgieron tras la invasión de Ucrania. Se hallaba en Polonia cubriendo las
oleadas de refugiados de los primeros días cuando fue detenido, acusado de
espiar para los servicios de inteligencia de Putin. Un año después continúa en
prisión preventiva (en régimen de aislamiento), sin que se haya presentado
ninguna prueba contra él, más allá de la existencia de los dos pasaportes. Las
únicas visitas que ha podido recibir han sido varias del cónsul, de sus
abogados polacos (no españoles) y una de su mujer (española, como sus hijos, a
quien no ha visto desde entonces). Por las informaciones que llegan, su estado
físico ha degenerado considerablemente.
Artículo en Infolibre. 26-febrero-2023
Polonia,
en los últimos años, había tenido muy serios encontronazos con la Unión Europea
por la violación del Estado de Derecho. Araceli Mangas, catedrática de Derecho
Internacional de la Universidad Complutense definía la deriva polaca con
rotundidad en un reciente artículo: “las actuaciones del Gobierno, Parlamento y
Tribunal Constitucional polacos plantean, más allá de la gravedad de no aceptar
la primacía del Derecho de la UE, la reversión del sistema democrático que no
se limita a elecciones periódicas; se ha ordenado el ataque a valores
elementales en una democracia”. La situación llegó hasta el punto de que se
bloquearon los fondos europeos para aquel país. Todo cambió con la invasión de
Ucrania (incluido el libramiento de 36.000 millones de euros retenidos, a pesar
de seguir sin cumplir las condiciones exigidas). Si a esto le añadimos la
paranoia rusófoba de los últimos meses, y la indiferencia (cuando no ominoso
silencio) de Medios de comunicación y Gobierno español, entenderemos por qué se
ha llegado a esta situación: un ciudadano de la UE encarcelado en un país de la
Unión contraviniendo los más elementales derechos jurídicos que le deberían
asistir.
Artículo completo de Araceli Mangas
No
sé si Pablo González espiaba o no para Rusia, pero los argumentos esgrimidos en
su contra me recuerdan demasiado a las novelas de John Le Carré ambientadas en
la Guerra Fría. En pleno siglo XXI, acusan a un tipo con una cámara en la calle
(sin acceso a centros de poder y fuera de los países en conflicto) de ser un
peligro real para la seguridad de una nación. La mejor palabra para definirlo
es tragicómico. La parte de comedia la aportan los organismos estatales. La de
tragedia, la víctima de lo que parece la venganza personalizada en alguien cuyo
“delito” es llevar sangre rusa. Me preocupa esta normalización del pensamiento
y modos de actuar de la extrema derecha, bajo un disfraz democrático, en países
de la Unión Europea.
miércoles, 25 de enero de 2023
"La vida de los demás" (There is no evil), de Mohamad Rasoulof.
El director de cine Mohamad Rasoulof, como el también iraní Asghar Fharadi, posee la virtud que suele atribuirse a la poesía del silencio: contar tanto, o más, con lo elidido que con lo explícito. En las cuatro historias que integran “La vida de los demás” (“There is no evil”), el tema central no es la pena de muerte, en sí, sino las consecuencias que genera en los verdugos el acto de matar a una persona. Unos verdugos que lo son por oficio u obligación, nunca por vocación, y un acto, el de ejecutar, que a todos les damnifica en su cotidianidad y sus relaciones. El mensaje es claro: no existe la obediencia debida y somos responsables de nuestras acciones. La valentía del rebelde se paga, pero la cobardía o el interés del cumplidor también se cobran su precio, porque el remordimiento corroe a quien tiene un mínimo de conciencia.
Los paralelismos de las escenas donde se mezclan paisaje y música describen con sutileza los estados de ánimo de los protagonistas y, por extensión, de las diversas generaciones de iraníes: en el final de la segunda historia, la pareja de jóvenes felices se detienen en el mirador desde el que se contempla una vista deslumbrante de la Teherán crepuscular, donde las luces se encienden, mientras suena una versión de Bella Ciao (“Adiós, bella”), no con la letra partisana, sino con la cantada por las trabajadoras de los arrozales que lamentan la juventud desperdiciada. En el final de la cuarta, al paisaje casi lunar de las montañas secas le acompaña otra versión de Bella Ciao, de ritmo lento y sólo musical, que le da un tinte melancólico al relato del médico en las postrimerías de la vida.
Y por encima de la trama, la plasmación de una sociedad efervescente bajo la losa de la teocracia. Algunos planos rebosan simbolismo, a la vez que sortean la estupidez del censor. Las mujeres aparecen en pantalla con el hijab, incluso en las escenas domésticas donde no es obligatorio su uso. En una, el marido le tiñe el pelo a su esposa, ambos de espaldas a la cámara. No vemos su rostro, pero sí su hermosa melena desparramada, sin la constricción del pañuelo, y en esa melena se concentra la vitalidad de una sociedad que aspira a mostrarse tal cual es, sin ataduras, hermosa como esas actrices y actores, en su mayoría desconocidos para mí, cuya belleza mineral, la extraña mezcla de suavidad y dureza en rasgos y gestos, me atrapa en cada película que descubro de aquella potente cinematografía. Leila Hatami, Shahab Hosseini, Mahtab Servati, Mohammad Valizadegan o Taraneh Alidoosti son nombres que, salvo la primera, me cuesta retener.
“La vida de los demás”, ganadora del Oso de oro en Berlín, sigue prohibida en Irán. Mohamad Rasoulof ha pasado medio año en la cárcel (ha sido liberado hace unos días, por su estado de salud), tras firmar una carta pública en la que se pedía a las fuerzas de seguridad que depusieran las armas ante las protestas que, por una causa u otra, agitan el país. Otros cineastas han sufrido igual suerte, entre ellos Taraneh Alidoosti, la protagonista de El Viajante. Algunos continúan en prisión. Todos merecen nuestro apoyo y solidaridad.
viernes, 16 de diciembre de 2022
Un recuerdo personal de Sol Acín.
Me alegra saber que la Escuela Oficial de Idiomas,
en Huesca, llevará el nombre de Sol Acín, y que se le ha rendido un cálido
homenaje con la participación de su hijo y sus sobrinas. El dolor que se le
infligió es irreparable, pero supone un bello gesto hacia quien fue oscense,
profesora de francés y traductora. Tuve la fortuna de conocerla, y en 2014
escribí este texto, a raíz de un libro publicado por las PUZ.
Un recuerdo personal de Sol Acín:
A Sol Acín la conocí poco antes de que se jubilara.
Trabajábamos en el mismo instituto, ella como profesora de Francés y yo – con
veintipocos años - en la Secretaría. No recuerdo en qué momento supe quién era
o, para ser más precisos, de quién era hija. Sí, que no me atreví a intentar un
trato más cercano, ni mucho menos a nombrarle a sus padres, Ramón Acín – el
Lorca oscense - y Conchita Monrás, asesinados por “los buenos vecinos de
Huesca”, en palabras de Max Aub. Siempre he sido algo bocazas cuando debo callar
y demasiado tímido en los momentos fundamentales.
La ocasión de profundizar en el trato llegó de
rebote. Sin saberlo, ambos estábamos afiliados al mismo sindicato. En aquella
época funcionaba una sección de docentes y, una tarde, me invitaron a una
reunión informal en Los Espumosos. Seríamos 7 u 8, y allí me atreví a entablar
una conversación con ella, amparados en el origen geográfico común: “Ser de
Sangarrén es como ser de Huesca”, me dijo. Siempre la percibí como una mujer
sensible y sutil, tal como hoy la definen en el Heraldo, pero no enigmática, el
tercer adjetivo que le dedican. Sí discreta, incluso tímida, pero también
afectuosa en cuanto entrabas en su mundo, aunque fuese muy levemente como
sucedió en mi caso. Poco después se jubiló, sin que hubiera superado el pudor
de preguntarle por su pasado, y perdimos el contacto. En algún momento de
aquella época leí su único libro de poemas “En ese cielo oscuro”.
El último recuerdo que guardo de ella es indirecto
y me dejó una tristeza imposible de reparar: una tarde de mayo me encontré, en
el vestíbulo del hospital infantil, con Carmen Arduña, poeta y amiga común. Yo,
exultante, iba a llamar por teléfono a la familia para anunciar el nacimiento
de mi hijo, y ella iba a – o venía de - visitar a Sol, recién operada. Le dije
que le diera recuerdos y que intentaría acercarme a verla antes de que
abandonásemos el hospital, pero con el jaleo del nacimiento no lo hice. Unos
meses después murió a causa de la enfermedad por la que fue intervenida.
Hoy han presentado en la Feria del Libro de Huesca “Hora temprana. Poemas y cartas”, que reúne correspondencia y versos inéditos de Sol, publicada por Prensas Universitarias de Zaragoza en su colección Larumbe, en edición de Ismael Grasa. Una buena ocasión para acercarse a ella.
martes, 6 de diciembre de 2022
José Saramago en Zaragoza.
Ahora que se cumple el centenario de José Saramago, recuerdo la única vez que lo vi en persona, hará un par de décadas. Visitaba Zaragoza y se había programado un encuentro con sus lectores en el antiguo salón de actos de la CAI. Acudí a la hora, conocedor por experiencia de que los literatos no llenan auditorios, y me di de bruces con una multitud agolpada ante la puerta. Deduje que de los madrugadores sería el reino del escritor y que, a mi pesar, no me contaría entre los elegidos. Aun así, permanecí en los aledaños hablando con los conocidos, cuando un rumor, unido a una ovación, nos alertó de su llegada, al unísono que el gentío se abría como los forofos en el Alpe d’Huez al paso de los ciclistas. Divisé la cabeza de Saramago, con una expresión entre sorpresa y agradecimiento por tanto fervor hacia alguien que, como él, no era cantante ni deportista (aún no existían youtubers ni influencers). Parecía la cabeza de Santa Orosia llevada en volandas por los devotos durante la romería del Sobrepuerto. La masa se cerró tras su espalda y Manolo Vilas, el presentador, pasó apuros para entrar. Al fin, la puerta se clausuró, dejándonos fuera a la mitad de la gente. Tal caos se había formado que una de las damnificadas fue Mª Ángeles Naval, profesora de Literatura en la Universidad y, por aquella época, pareja de Vilas. Me acerqué a saludarla, y mientras comentábamos lo sucedido vimos, con asombro, a una descolocada Pilar del Río bajo los porches. Que la esposa de Saramago también se hubiese quedado en la calle resultaba inaudito. En broma, le propuse a María Ángeles que ambas realizasen un encuentro alternativo, en femenino, al que sus maridos protagonizaban dentro. Pronto la gente reparó en la presencia de Pilar y rompiendo la timidez, o pensando que donde no hay pan, buenas son tortas, alguien se animó a hablarle. No sé qué le dijo, tal vez lo que se suelta en estas ocasiones, que Saramago escribe muy bien, detalles de alguna novela, en fin, cualquier fruslería para romper el hielo. El caso es que poco a poco un grupo comenzó a rodearla, interpelándola uno tras otro, o varios a la vez, y ella, tan delgada, sin perder la sonrisa, comenzó a retroceder pasito a pasito hasta acabar con la espalda contra pared, cercada por una nueva multitud que, vista desde afuera, no se sabía si iba a adorarla o a agredirla.
Hasta aquí llega mi memoria. Supongo que se abriría paso en busca de un refugio, sin dejar de sonreír como un rato antes su marido, o que alguien de la organización saldría a rescatarla. Fuese cual fuese el final, esas imágenes de ambos acuden a mi mente cuando se los menciona: un escritor feliz y aturdido entre una masa que desea oírlo y su mujer acorralada por quienes no pudieron escucharlo.










