jueves, 13 de febrero de 2020

Mi paseo solitario en invierno.


Andar desde el centro de Zaragoza hasta un polígono industrial tiene algo de camino iniciático. Más en una tarde como la de ayer, típica del norte húmedo y no de este secarral, y en un día que, desde el comienzo, presagiaba su singularidad. A las 8 de la mañana, en lugar de la rutina de carretera y tranvía, dejé el coche en el taller del concesionario. Aún no sabía que, un par de horas antes, habían atracado en pleno corazón de la ciudad a una persona que conozco. En el Heraldo digital apareció la noticia, pero al mediodía la eclipsó otra más tremenda: en un edificio de la calle Matilde Sangüesa, un tipo había acuchillado, sin mediar palabra, a la chica que le abrió la puerta. La policía lo buscaba. Estamos en luna llena, pensé. En mi trabajo se notan los días de luna llena, afectan al comportamiento de una parte del público. Como el coche no estaría listo hasta media tarde, comí por la zona tras terminar la jornada, hice un par de gestiones y me animé a caminar hasta el concesionario. Según Google Maps, unos 4'5 kilómetros de trayecto. Una buena ocasión de hacer el ejercicio necesario para rebajar ese par de kilos rebeldes. El clima ayudaba, salvo una leve llovizna en algunos tramos. Del tráfico y las aceras invadidas fui pasando, gradualmente, a la ausencia de motores y las calles vacías, sobre todo tras cruzar el Puente de Piedra. En Zaragoza, antes, los puentes suponían una barrera mental para sus habitantes, y la margen izquierda del Ebro algo así como un ente extraño adosado a la ciudad. Aunque con el crecimiento urbano de esa margen – a ojo, un tercio de la población reside allí – esta idea casi nadie la expone en voz alta, todavía persiste en el subconsciente. En el Arrabal caminaba solo por una acera, junto a la valla de un colegio. Ningún coche circulaba por la calle. Al otro lado se alzaba un bloque de pisos nuevos. Una mujer surgió tras doblar una esquina y vino hacia mí. Antes de cruzarnos, a la altura de unos contenedores de reciclaje, bajó a la calzada y los sorteó andando por ella. Extrañado, me giré y comprobé que, cuando nos separaba una distancia prudencial, subía de nuevo a la acera, prosiguiendo su camino. Me había evitado, vamos. Me sentí como Fiz de Cotovelo, el alma en pena que vaga por El bosque animado, cuando se cruza con Fendetestas y este huye aterrado. “¡Qué gente, qué gente!”, exclama el bueno de Fiz. Al llegar a la esquina de donde surgió la mujer, leí en un letrero: Calle Matilde Sangüesa. Me hallaba en la calle donde, esa mañana, el misterioso – y libre - criminal había acuchillado a la chica. La psicosis se ha instaurado entre sus vecinos, y un desconocido con barba y chupa de cuero, caminando solo, era un buen reclamo para despertarla.
Si al cruzar el puente se remueve en el subconsciente la idea de que sales de la ciudad, al traspasar la avenida Marqués de la Cadena, y penetrar en el polígono de Cogullada, se toma plena conciencia de abandonarla. Pocas arquitecturas son tan desabridas como las de un polígono, pero nada hay más desolador que transitar por sus calles en época de crisis. La sensación de pax burguesa que se siente al recorrer zonas urbanizadas se transforma en inquietud. Le viene bien el título de Miguel Hernández: El hombre acecha. La acera, cuando la hay, es una lengua de cemento sin embaldosar con grietas, charcos y residuos. Naves donde se respira actividad se alternan con otras desvencijadas, como esas casas de la montaña a la que sus dueños, tras emigrar, nunca regresaron. Aunque si en estas prima la melancolía, en aquellas el deterioro posee un halo tenebroso. Aumentado a esas horas, cuando en muchas de las pequeñas aún activas han plegado la jornada laboral.
Encontrarse con viandantes es casi un milagro, y el tráfico tampoco abunda. Al pasar junto a la Saica, una gran empresa de celulosa, diviso una bicicleta de alquiler apoyada en el cartel de acceso, en medio de la nada. Pocas metáforas tan contundentes de la soledad y el desvalimiento se me ocurren.


Mientras me paro a fotografiarla, un tráiler sale de la factoría. En la puerta lleva escrito un nombre comercial y su ubicación: El Grado. Lo Grau, en aragonés, un pueblo del Prepirineo oscense que da nombre a un gran pantano en el río Cinca, por el que tantas veces he pasado camino al Sobrarbe. Buen viaje, le deseo para mis adentros.



Sigo andando y me topo con un hito donde pone Guardatodo, señalando a la Saica. Parece un chiste de Amanece, que no es poco. A los depósitos del Guardatodo, en realidad, se llega siguiendo la calle, pero los operarios del cartel no tenían, quizás, su mejor día, y en lugar de en paralelo lo colocaron en perpendicular a aquella.



Atravieso solares con montones de una argamasa que parece tierra mezclada con escombros. Luego, junto a una pared llena de graffitis, veo dos contenedores en los que, escrito con tinta roja, advierten que no son para la basura. La gente, obediente, deja los desperdicios en el suelo, a su alrededor.



Los contenedores se encuentran sobre unos raíles abandonados. Levanto la vista y deduzco que llegan a la antigua Estación del Norte, la primera construida en Zaragoza. Por estas vías pasó mi abuelo cuando vino a trabajar a la capital, hace un siglo, pero sobre todo pienso en Trotsky, que también las recorrió unos años antes. El revolucionario ruso pasó dos meses en nuestro país, en 1916. Con los apuntes que tomó escribió un amenísimo libro, “En España”, traducido por Andreu Nin. El 20 de diciembre, el tren que lo transportaba de Madrid a Barcelona hizo una pequeña escala aquí. Estas son las líneas que le dedica:
“Nuevos polizontes en Zaragoza. ¡La ciudad de dos célebres sitios, durante la guerra contra Naopoléon! El general revolucionario Palafox. Con las ciudades célebres suele pasar lo que con los hombres notables: se sufre un desencanto cuando se les ve de cerca. Muy mal café en la estación. Cuando se sale a la puerta de la estación, al romper el alba, suciedad, carros cargados de sacos, ruido, humo en los tejados, voces carraspeantes y nubarrones arrebolados en el cielo detrás de las espadañas de las torres de las iglesias. Esto es Zaragoza, es decir, ésta la impresión que se recibe en un vistazo superficial. “La heroica Zaragoza – leemos en un libro viejo – nos ha demostrado que las masas de granito que constituyen nuestras ciudades son el mejor de los fuertes y que pueden ser defendidas más mortíferamente aún.” Esto deben tenerlo en cuenta los revolucionarios. “Zaragoza ha escrito una página sublime e inmortal en la Historia...Si la retirada de Moscou (sic) fue grande a la manera escrita, la defensa de Zaragoza la sobrepasa en heroísmo, en la misma medida que la batalla sobrepasa en nobleza a la huida y al incendio, bien que estos últimos medios hayan obtenido, algunas veces, fines más importantes” Que el incendio de Moscou fue un heroísmo a lo escita es exacto; pero los juicios sobre la superioridad moral de unos medios con relación a otros, en lo que a la guerra se refiere, suenan a puro quijotismo para las generaciones aleccionadas en la presente carnicería.
Estepa árida. Desierto. Lomas. Arcilla roja, arena, piedra, guijarro. Pueblos: piedra y arcilla sobre arcilla y piedra, y el mismo color ocre.”



Camino un rato sobre los raíles, fotografiándolos y pensando en el ruso hasta que vuelvo a la realidad y acelero el paso en dirección al concesionario. Es tarde y debo recoger el coche antes de que lo cierren.

Hoy, mientras escribo esto, me entero de que nadie acuchilló a la chica de Matilde Sangüesa. Se había autolesionado. Definitivamente, estamos en luna llena.

jueves, 30 de enero de 2020

Entrevista a Miguel Carcasona sobre la novela "Hannibaal" en Radio Zaragoza

Miguel Mena entrevista a Miguel Carcasona sobre su novela "Hannibaal", en el programa "A vivir Aragón", de Radio Zaragoza - Cadena SER, emitido el 29/12/2019.



jueves, 16 de enero de 2020

Reseña de Jorge Sanz Barajas sobre "Hannibaal", publicada el 16 de enero de 2020 en el "Artes y Letras", suplemento cultural del Heraldo de Aragón.

miércoles, 9 de octubre de 2019

"Nació en Cartago, vivió en guerra permanente contra Roma, cruzó media Europa con su ejército y casi desmoronó la República que presagiaba el Imperio. Lleg...ó a ser uno de los militares más importantes de su época, pero también fue un hombre atormentado y repleto de dudas, pues incluso los más grandes héroes sienten incertidumbres y tienen debilidades.
El escritor Miguel Carcasona recrea la vida y las hazañas bélicas del general Hannibaal Barca a través de un intenso, emocionante y poético libro de memorias. Escrita en primera persona, esta novela nos permite adentrarnos en la mente y los sentimientos de un personaje único cuya influencia alcanza hasta nuestros días.
La ilustración de cubierta es obra de Óscar Sanmartín, sobre un grabado de Henri-Paul Motte de 1878. 'Hannibaal', muy pronto, en Pregunta."

domingo, 13 de enero de 2019

Lienzos en 1/10". Exposición fotográfica de José Tomás.




LIENZOS EN 1/10".

     Una décima de segundo basta para que una bala te quite la vida o para que una mirada, al cruzarse con la tuya, te resucite. En ambos casos aludimos al azar. Y el azar existe, sin duda, pero a menudo le achacamos el destino donde la intuición nos lleva. La intuición precede a la conciencia como el reflejo a la orden del cerebro. Antes de apretar el disparador, en la décima previa a la del acto fotográfico, la intuición le avisa a José de que allí hay una imagen. No una cualquiera. Quizás de modo inconsciente, su retina percibe en la escena la imagen pictórica que duerme en su cerebro. La presiente dentro del paisaje igual que Miguel Ángel veía la escultura dentro del bloque de mármol. Con ayuda de la cámara, la secuestra, y con la técnica, la trabaja, despojándola de adherencias inútiles, hasta que el cuadro, o su evocación, surge.
     En cualquier orden creativo desconfío del cartesiano que planea su obra hasta el último rincón y luego la desmenuza con la racionalidad de quien desmonta un mecano. Confío en quien mantiene el plano general en su cabeza, pero luego arriesga en los detalles. A diferencia del primero, transeúnte por caminos hollados bajo la luz, el segundo se adentra en zonas de penumbra, las explora y coloniza, amplía territorios. En el trabajo de José, la velocidad de exposición de la cámara es también la de su exposición, la décima de segundo en la que el espectador se convierte en protagonista. La totalidad del panorama da paso a la realidad de la parte elegida. El fotógrafo - el demiurgo - decide lo que eterniza en una nueva realidad, la suya. Al convertirla en su obra, vierte en ella su propia esencia, aquello que ha formado su poso cultural y vital, su personalidad. En José se manifiesta una aguda sensibilidad hacia lo minúsculo y la abstracción, que lo vincula a una raigambre cuyo origen arranca en el arte esquemático de la Prehistoria. Alejándose de lo figurativo – aunque sin cortar del todo los amarres – transmuta la realidad en signos que, al unísono, enlazan con lo consciente y el subconsciente. La abstracción, en estas fotografías, desprende sensaciones oníricas y la sensibilidad se esparce en formas etéreas. Al mencionar a Emir Nolde o Wu Guanzhong, el autor da alguna pista sobre sus influencias o, más bien, sus metas, la comunión con determinados autores hacia los que convergen sus creaciones. Otros notorios son los expresionistas abstractos y Rothko, en particular, con sus rectángulos cromáticos. Como en el impulso creativo de ese pintor, en José se atisba un cierto halo místico, envolvente. La fragilidad de esas ramas desvaídas o los colores diluidos como una acuarela tienen algo de hipnótico. Sugieren, sin avasallar al observador, la entrada en un trance hacia el que nos conduce siendo también partícipe, con la humildad de aquellos obispos cátaros, los Perfectos, que vivían entre sus acólitos, lejos de fastos o alharacas. Los Perfectos imponían el Consolamentum con sus manos sobre el creyente, para limpiarlo de todo pecado. José, a través de las suyas, trabaja los negativos originales, aun los erróneos, para ofrecernos estas imágenes limpias y sugestivas. 
     Unas fotografías semejantes a cuadros en las que ambas disciplinas se reúnen de nuevo.

MIGUEL CARCASONA.






lunes, 7 de enero de 2019

Cirugía de la luz. (Reseña de "Error de la luz", de Sergio Gómez García.)


(Reseña Publicada en la Revista Crisis. Nº 14. Zaragoza. Diciembre, 2018).

CIRUGÍA DE LA LUZ.

“Error de la luz” es la tercera incursión de Sergio Gómez García en la publicación poética, tras “60 gramos” (VII Premio Delegación del Gobierno de Aragón. Ed. Aqua. 2011)  y la plaquette “Un piano silencioso” (La Herradura Oxidada, 2016). Si en “60 gramos” la estructura reflejaba el cuerpo humano, el habitáculo físico donde el individuo desarrolla su personalidad, en “Error de la luz” asistimos a un recorrido por el universo de la política, entendida como la relación del individuo con la colectividad, la capacidad (o incapacidad) de mantener su idiosincrasia en el engranaje social y, sobre todo, de participar en él. Esta dialéctica entre individuo y colectivo, entre Epicuro y Cicerón, ya arranca en las citas del comienzo, donde se contraponen el filósofo ilustrado Condorcet, que apela a “hombres libres, que no reconozcan a otro señor que su propia razón” y el nazi Goebbels y su “gentío salvaje”, del que surgen hombres “con un hambre gigantesca de luz y salvación”.
La ordenación del libro - 7 partes, de 7 poemas cada una - lo cohesiona en un todo unitario. El primer capítulo, Manifiesto, se abre con un poema homónimo que más bien parece un anti-Manifiesto desde la cita de Gilles Deleuze: “Hace falta apartarse de la palabra”. La paradoja ya se establece en el origen: apartarse de la palabra, pero construir versos e ideas con ella. Para superar esa contradicción, el poeta se impone definir los conceptos, despojarlos de adherencias connotativas para sacar a la luz su auténtico significado. A ello se aplica, indagando el papel del lenguaje en la política, con el verbo poético como herramienta y los títulos de los bloques marcando la ruta.


El pesimismo crudo, que a veces se convierte en desolación y desasosiego ante lo descrito, planea sobre la mayoría los poemas. Pero también, conforme se avanza, surge cierta sorna o humor negro, como en Sondeo, las dos partes de Libertad y, sobre todo, en las tres de Rebeldía. Quizás la ironía de un idealista desencantado. Lo racional se antepone a lo emocional - casi todos los poemas llevan títulos abstractos – de ahí el uso habitual de la tercera persona, a menudo del plural, frente al escaso protagonismo del yo.
Por esa dialéctica individuo/sociedad podría definirse como poesía social, aunque no en el sentido de una visceral acumulación de consignas enunciadas con sencillez e insertas en un marco expresivo comprensible para los no habituados a la lírica. Sergio usa expresiones cotidianas, pero en un marco metafórico. La personificación de elementos naturales - soles que excavan o llegan desde otra orilla, la noche que camina-, y el recurso de ciertas formas físicas como piedras angulares - la omnipresente luz, los ojos, la lengua - conviven junto a nociones abstractas. Todo bajo una concisión expresiva, despojada de retórica, que es su voz. En la potente carga reflexiva, además de en las citas, se nota la formación filosófica del poeta, profesor de esta materia.


Abundan los poemas cortos y muy visuales, de los que Leviatán sería un paradigma: tras la cita de Thomas Hobbes - “No hay convenio con las bestias” – se dice: “la lengua ciega /sobre la que duermen / lame los ojos / de la bestia que muerde la luz”. Aquí se percibe el eco de Antonio Gamoneda, con cuya “Descripción de la mentira” esta obra guarda cierto paralelismo temático, en cuanto estampa de un tránsito histórico a través de la visión personal, sin márgenes cronológicos delimitados, lo que no impide una reconocible ubicación temporal. Si en el asturiano se retrata lo colectivo a partir de lo íntimo, aquí se plantea una reflexión sobre ambos términos, encaminada a fijar la posición del individuo en su entorno.
En “Error de la luz” se agradecen la calidad literaria, que colma a un lector exigente, y la valentía al abordar temas no habituales en la lírica: el de la sociedad y los mecanismos que la sustentan o se generan a su alrededor, el de la participación en los procesos históricos y el desencanto con las utopías. Trata lo colectivo desde una mirada individual, pero no individualista; objetiva, sin caer en lo prosaico. No es poesía de consumo, ni fuego de artificio que encandila la vista sin dejar poso. Tal vez áspero al primer contacto, requiere un esfuerzo de lectura plenamente recompensado después. Uno de esos libros a los que se retornan, como lector y como ciudadano. Porque, a nuestro pesar o por convicción, somos ese zoon polítikón tal como lo definiera Aristóteles: seres condenados a vivir en sociedad y reflexionar constantemente sobre ella.

Error de la luz. Sergio Gómez García.
Olifante. Ediciones de Poesía. Col. Papeles de Trasmoz.
Zaragoza. 2018.




MIGUEL CARCASONA.