jueves, 11 de noviembre de 2021

Dostoievski cumple doscientos años.

 

Hoy Dostoievski cumple doscientos años. Hace dos visité su última casa, en San Petersburgo, convertida en museo, con algunos recuerdos auténticos y otros fabricados basándose en los originales. Su espacio doméstico revivido tal como su dueño lo habitó, incluido el estudio con explicaciones sobre su peculiar manera de trabajar. 



Hace aproximadamente un cuarto de siglo leí, casi de un tirón, varias de sus obras (Los hermanos Karamazov, Crimen y castigo, El jugador, Memorias del subsuelo...). Me fascinó su capacidad para, a través de la palabra convertida en un taladro implacable, perforar hasta el tuétano de la mente humana. Es uno de los novelistas que más me ha deslumbrado y, por ello, me extraña lo poco que lo he releído o que, por ejemplo, “Noches blancas” lleve tanto tiempo cogiendo polvo en mi biblioteca, sin hincarle el diente. Tal vez, asentado en la pax burguesa de la literatura actual, tema enfrentarme al vértigo de esa montaña rusa – nunca mejor dicho – que recorrí al asomarme a sus páginas. O tal vez tema que aquella pasión percibida entonces se diluya en la lectura de la madurez. Quizás, en definitiva, con los escritores suceda lo mismo que con las personas.






martes, 1 de junio de 2021

El discurso de Ana Iris Simón y la polvareda mediática.

    Hace años, durante una charla pública en Sariñena, Antonio Beltrán contó lo sucedido tiempo atrás en un evento, en Madrid, donde participó como eminencia en materia histórica. Allí se congregaron gente de peso, incluyendo alguna ministra (creo que Esperanza Aguirre), con una cohorte de altos cargos. En un momento dado se comenzó a hablar de lo que ahora se ha puesto de moda, la España vacía o vaciada, mencionando expresamente a Los Monegros. Uno de esos altos cargos manifestó en voz alta lo que, al parecer, era el sentir general de sus colegas, que es como decir el perenne de los gobiernos centrales: que a todos esos pueblos habría que vaciarlos de una vez, porque sólo suponían gastos. La frase hubiera quedado allí sino fuera porque la oyó D. Antonio, monegrino de nacimiento y carácter. Dicho en lenguaje coloquial, se le hinchó la vena, le espetó al tipo: “pues da la casualidad de que uno de esos pueblos es mi pueblo”, y le soltó una filipica antes de abandonar la sala entre el asombro general.

    La anécdota viene a cuento de la que se ha montado tras el discurso pronunciado por Ana Iris Simón durante la presentación de un programa gubernamental con 130 medidas para intentar reactivar esa España vacía o vaciada. Antes de nada, recalco la última frase: 130 medidas del Gobierno de España para reactivar la España interior. El resultado podrá valorarse al cabo del tiempo; de momento, si no me falla la memoria, es la primera vez que un Gobierno Central apuesta por un plan así y no por la desidia, el olvido o, directamente (desde Armadas invencibles hasta trasvases), el expolio. Que recuerde, es también la primera vez que cierta prensa, digamos, conservadora, se preocupa por algo relativo a esa España interior que no sean crímenes o desastres naturales.

    Me centraré en el discurso de Ana Simón. Lo primero que llama la atención es su propia existencia y el contexto en que se pronunció: el acto de presentación de ese Plan, en La Moncloa, ante el Presidente, formando parte de un selecto grupo de invitados. No sé si esta periodista reúne en su trayectoria literaria y vital tantos méritos, ni qué paradigma del mundo rural representa, exactamente, para ser una de las elegidas por los encargados de protocolo de La Moncloa. En todo caso, allí estaba y lo que ha levantado polvareda son sus palabras, no su presencia. Las escuché y, grosso modo, me parecieron interesantes en algunos puntos, desubicadas en otros y, en algunos tramos, una idealización de lo que se ha oído, pero no vivido. Una idealización entrañable (la memoria tiende a quedarse sólo con lo bueno) para quienes de pequeños veíamos Crónicas de un pueblo y nuestro ídolo era el Algarrobo con su trabuco y que, sin embargo, provoca perplejidad en nuestros hijos, de edades cercanas a la de Ana.

    En el discurso cae en algunos anacronismos: el vaciamiento de la España rural sucedió mucho antes de cuando era una niña. Sucedió cuando sus padres eran los niños, o incluso alguna década anterior. En esa época, si su abuelo manchego mantenía 8 hijos con 12 hectáreas (muy buena debe ser la tierra por allí), se debía a las condiciones materiales de la vida en los pueblos, paupérrimas comparadas con las actuales, y dudo que nadie, ni sus abuelos, quisiera volver a ellas. Yo tengo recuerdos personales de mi infancia en los años 70. Recuerdo cuándo asfaltaron las calles, porque eran de tierra. Y recuerdo cuándo llegaron a casa la televisión y el teléfono (con centralita, claro, no automático). O cómo los críos jugábamos en la fuente, porque todos los días, más de una vez, había que ir con la boteja para beber agua buena. Recuerdo jugar al fútbol en las eras con pelotas de goma, porque no existían polideportivos y los pocos balones de cuero estaban reservados para el equipo de fútbol, que por supuesto competía en un campo de tierra. Recuerdo el frío del invierno y las camas heladas, porque las casas no tenían calefacción. Y recuerdo bañarme en verano en el río, porque tampoco existían las piscinas públicas. Recuerdo tardar cuatro horas en cubrir los menos de 300 kilómetros que nos separaban de Barcelona, porque no había autovías, y vivir una excursión de un día a la montaña como una fiesta porque nunca nos íbamos de vacaciones, salvo si nos invitaban los familiares. Recuerdo el miedo que nos inoculaban con El Lute, antes de conocer su vida, y en la única foto que lo vi con guardias civiles iba esposado y no tenía pintas de que se hubiera tomado unos chatos con ellos. Recuerdo beber agua de la canaleta si tenía sed, porque entonces desconocía su origen, en parte, del río Gállego y nadie hablaba del lindano. Recuerdo una visita del gobernador civil y, ante la pregunta del médico, joven y recién llegado, sobre la clorificación del agua de la red, un responsable del ayuntamiento contestar que, según el color, se echaba más o menos. Menos mal que nadie bebía del grifo porque, como he dicho, íbamos a la fuente; la gente aún no se planteaba si estaba contaminada por los nitratos químicos que se esparcían sobre los campos. Así podría seguir durante mucho rato. Con todo, la recuerdo como una época feliz, pero con mi mirada de adulto en absoluto deseo que retorne. Además de ganar en comodidades, por fortuna, hemos evolucionado para bien como sociedad, sobre todo en el ámbito femenino (por lo que le toca a la interesada). También de esa época, no de los noventa, arranca el convertir a nuestro país en una Marina d’or para Europa. El franquismo apostó por un desarrollo turístico a lo bruto y buscando el beneficio rápido. Convirtió el litoral mediterráneo en una ciudad lineal de cemento en primera línea de playa y con esa premisa se siguió hasta que la gente comenzó a decir basta. Que, a ojo, coincidió con la niñez de Ana.

    Es cierto que su generación sufre la vergonzosa precariedad del empleo. Se ha ido imponiendo en las últimas décadas, no sólo desde la crisis del 2008. Recuerdo los contratos basura del PSOE de Felipe González (ese que aplauden los mismos que denuestan al actual). También recuerdo participar en una huelga general un 14 de diciembre de 1988, contra la reforma del mercado laboral, que incluía esos contratos y el abaratamiento del despido. Esa huelga fue tan mayoritaria que fundió en negro la televisión y consiguió detener dichas medidas. Ana aún no había nacido, pero puede preguntarle a sus padres que, imagino, la secundaron. Aquella reforma se paralizó, aunque como este país es así, para castigar a Felipe unos años después eligió a Aznar, que es como si las gallinas despiden al perro guardián y llaman al zorro para que las cuide. En materia laboral fuimos a peor, hasta la última reforma de Rajoy, esa que la actual Ministra de Trabajo intenta eliminar. A ver si le dejan.

    Estoy de acuerdo en su crítica a la aldea global basada en un interés mercantilista de conseguir mayores beneficios a costa de reducir gastos en mano de obra, lo que repercute a menudo en la calidad de ésta y del producto final. Por otro lado, la reconversión industrial la hizo Felipe González antes de que Ana naciera. Ella ha visto más bien el desmantelamiento de una parte del tejido productivo al llevar la producción al extranjero. Y la culpa de esto último no creo que sea de la UE, sino del empresariado que la ha llevado a cabo. La UE ha impuesto políticas económicas, pero también ha dado ayudas. Habría que analizar si esos fondos europeos se han empleado, y emplean, correctamente, y ahí llego a un punto fundamental, en mi opinión, al que Ana no alude en sus palabras: las mentalidades. Me refiero a la mayoría de las individuales y, como consecuencia, a la colectiva en varios campos. Llevamos varias generaciones, entre las que incluyo a la mía, viendo a la ciudad como el objetivo. En la ciudad, además del trabajo, están las comodidades y la diversión, es decir, la vida. Muy pocos, aun pudiendo, quieren permanecer en los pueblos. Y cuando hablo de pueblos no me refiero a lugares con varios miles de habitantes en el extrarradio de las urbes. Si en los años sesenta algunos se despoblaron en un santiamén, ahora es un goteo constante y doloroso: el de los ancianos, casi sus únicos pobladores, que fallecen. El aligeramiento de la población activa dedicado a la agricultura nos ha colocado en el estándar de la UE. Por supuesto que es importante, en alimentación, apostar por los productos de proximidad. Pero los primeros que deben hacerlo son los consumidores, urbanos en su gran mayoría. Y eso implica gastar en necesidades básicas una parte mayor del sueldo, no comprar lo más barato sin mirar el origen y lo que ello implica. También podríamos hablar de la mentalidad del agricultor, que nada tiene que ver con la del abuelo de Ana: de labrador ha pasado a empresario agrícola. La dinámica actual, acelerada con la modernización de riegos y el gasto que supone, nos lleva a la acumulación de tierras en pocas manos. Por tanto, el reasentamiento futuro en el mundo rural será difícil que, mayoritariamente, pase por nuevos Salicios o Nemorosos (que, por otra parte, nunca han existido). La instalación de industrias, como pide, sería una parte de la solución, aunque topamos con la iglesia globalizadora. Aun superando este escollo, se aducen problemas geográficos y logísticos para justificar su baja rentabilidad cuando se asientan en lugares alejados de los grandes centros urbanos. Además de la realidad en algunos puntos concretos, donde ya existen, viajar por el País Vasco y ver dónde se ubican allí es caerse del caballo: si ellos han podido, ¿por qué los demás no?

    En resumen, que la polvareda levantada me recuerda a la producida cuando se labra una tierra muy seca: demasiada para tan poca cosa. El problema es que todo el mundo necesita su minuto de gloria y cualquier asuntillo se polariza e hincha de forma desmesurada en ese universo paralelo que llamamos redes sociales. Por lo que he leído, me parece que quienes argumentan a favor o en contra, en su mayoría, lo más cerca que han visto un tractor es como cuando la Monasterio se arrimó a un John Deere para la foto de propaganda, y lo más que conocen de la realidad rural se debe a algún verano en casa de los abuelos o, si acaso, a una temporada viviendo en alguno, sin ninguna raigambre, aunque pontifican sobre ella igual que sobre un país donde han pasado unos meses de erasmus. Como todos los escándalos de esas redes, dentro de unas semanas nadie lo recordará. A la autora le ha venido bien para que su libro retomara impulso y un público amplio lo conociera. Yo aún no lo he leído. Imagino que algún día lo haré.


viernes, 21 de mayo de 2021

Franco Battiato.

Estamos en la plaza de toros de Huesca. En el ruedo, sobre un escenario, canta Franco Battiato. Lo acompaña un grupo tan minimalista como su persona. Es una noche de verano, quizás del mismo año que la actuación del vídeo, porque esa es la imagen suya que recuerdo: un tipo delgado, con gafas y la voz nasal propia de quienes lucimos una nariz prominente (“Si con esa nariz canta, yo también podría hacerlo”, pienso). Incluso viste el mismo traje, o uno muy similar. No hace mucho que se ha puesto de moda y sus canciones me tocan algunas fibras. En pocos años la vida me ha dado un vuelco. Cómo no sentir una sacudida, entonces, ante quien confiesa buscar un centro de gravedad permanente, o que menciona a unos misteriosos – y tan reconocibles - nómadas que esperan su despertar, al final del camino, fuera de la ciudad. Y, sobre todo, que evoca a Radio Tirana transmitiendo música balcánica, esa misma Radio Tirana y esa misma música balcánica que tantas noches de la adolescencia escuché, asombrado, en un pequeño transistor. Cómo no querer a ese hombre enjuto y en apariencia introvertido que, de repente, nos invita a danzar como derviches mientras, en el inicio del compás sin letra, junta los pies y los separa, siguiendo el ritmo, y agita los brazos como un Quijote algo robotizado que pretendiera abarcar la inmensidad para volcarla en su interior. Que la tierra te sea leve, siciliano, y gracias.



lunes, 10 de mayo de 2021

El nacionalismo madrileño de Ayuso.

    Hay una faceta en la estrategia de Ayuso que, creo, no se ha tenido en cuenta al analizar su victoria: su apuesta por un “nacionalismo madrileño” y, al unísono, la identificación de este con el nacionalismo español. Ese nacionalismo a la madrileña de la reelegida presidenta, en el que ha basado su campaña, tiene varios frentes: en el plano económico, con el dumping fiscal, intentaba captar a las empresas de otras comunidades, lo que conllevaba empobrecer a las afectadas. En el político, se proclamaba víctima del Gobierno central y, en el social, ensalzaba la presunta idiosincrasia de la Villa y Corte y la superioridad del modo de vida de sus habitantes. Recordemos que, antiguamente, a los madrileños se les acusaba de creerse el ombligo del país y de mirar por encima del hombro a los “paletos” “de provincias”. Ayuso renovó en el subconsciente de sus paisanos esa autopercepción de seres especiales frente al resto de compatriotas por el simple hecho de vivir en su ciudad, equiparando su idealizado modo de vida con la libertad. Entendía esta – con algo de chulería castiza en la puesta en escena - con romper las cadenas impuestas por las restricciones sanitarias o con, por ejemplo, no encontrarse por la calle a las antiguas parejas. Daban igual los datos de la pandemia, la gestión de esta por parte de la Comunidad o la estupidez de argumentos tan peregrinos. Importaba que en los madrileños cuajase el mantra de ser ciudadanos más libres que el resto de españoles gracias a que no se había clausurado la hostelería - cuando, en cualquier ciudad, hace meses que tomamos cañas en bares y terrazas – ni cerrado los teatros – ídem que lo anterior. Eso sí, presa de su propio discurso, tuvo que tragarse las imágenes de franceses borrachos por las calles. La victimización provenía del supuesto maltrato por parte del Gobierno central, frente al que se alzó como adalid: “Tratar a Madrid como al resto de comunidades es muy injusto” pronunció hace medio año, en público, ante Pedro Sánchez. En resumen, el pack del nacionalismo perfecto (complejo de superioridad moral, insolidaridad y falsa victimización) que tanto se achacó a los independentistas catalanes. A la vez, y ahí viene la peculiaridad, el mensaje trascendía lo local extendiéndose a – y apropiándose de - lo nacional: identificó la ciudad con España entera. “Madrid es España dentro de España”, “España empieza en Madrid”, “Hoy comienza un nuevo capítulo en la historia de España” fueron algunas frases pronunciadas para celebrar la victoria. “Sánchez tiene los socios independentistas, los golpistas”, “(Sánchez) les da prisiones al País Vasco para que los presos etarras sean recompensados por la gran labor que han realizado matando gente en España”, fueron otras dichas durante la campaña. Madrid es Madrid alzándose contra sus enemigos, pero además es España combatiendo contra los enemigos de España (aunque el gobierno de Madrid actúe, con su discurso y sus medidas, como ellos) sería la síntesis. La diferencia, obvia, es que no pretende – ni, sobre todo, le interesa - independizarse del resto. Como remate, dos apuntes: no es baladí que las elecciones se efectúen en una fecha tan cercana al dos de mayo, con toda la carga simbólica que conlleva en esa identificación Madrid-España; eso sí, en día laborable, para impedir el voto de los, en teoría, más desafectos. El segundo, la propia cobertura de estos comicios autonómicos dada por los medios de comunicación nacionales (radicados, por supuesto, en la capital) reforzó esa sensación de que allí se jugaba algo más que el parlamento de una Comunidad cuya población solamente suma el 15% del total del país.
    Quizás con esas premisas se entiendan mejor los resultados y las respuestas de algunos entrevistados, publicadas hoy en El País: “Ayuso antepuso Madrid”, “Ayuso nos defendió”, “Ayuso nos salvó”, dice gente de izquierdas y de centro que votó por primera vez en su vida al PP. (…) También hay mucha gente desencantada con la política de pactos de Pedro Sánchez con Bildu y Esquerra Republicana de Catalunya.” Aquí añadiría dos matices: el auténtico elector de izquierdas (no considero así a todos los del PSOE) no ha votado a Ayuso. Al menos eso dicen los números, con el crecimiento de Podemos y Más Madrid. A Ayuso, además de sus fieles, le han votado los renegados de Ciudadanos y de una parte del PSOE, más una cuota de los absentistas. El segundo es que, si de verdad se ha castigado el apoyo al Gobierno por partidos nacionalistas periféricos, en próximas elecciones habrá que comprobar si ese nacionalismo español -y centralista – tiene, en el resto del país, la misma fuerza y peso en las decisiones de los votantes.
(foto tomada de la web de LaSexta.)


viernes, 16 de abril de 2021

ALGUNOS VÍDEOS DEL RECITAL EN LA CAMPANA DE LOS PERDIDOS.

 8 años han pasado de este recital en La campana de los perdidos. Aquí van algunos de los poemas leídos esa noche. Debajo de cada vídeo puede leerse el poema:

"ANIVERSARIO":


"CAVE CANEM"


"FINAL"


"JIM MORRISON"




martes, 4 de agosto de 2020

Agustín Alamán. Artículo de Esther Puisac en Rolde.

"¿Qué hace que alguien sea olvidado? ¿Qué méritos hay que tener para figurar, por ejemplo, en el tratado artístico de una época? ¿En qué listados hay que inscribirse para que un individuo que obtuvo logros importantes aparezca en libros o artículos que luego alguien pueda consultar?" Estas preguntas se formula la periodista Esther Puisac Nogarol en un estupendo artículo sobre el artista Agustín Alamán publicado en el último número de Rolde que, además de disfrutar con su lectura, me ha hecho preguntarme lo mismo y aún más: ¿por qué el destino (o la memoria, o lo que sea) a veces actúa como los dioses antiguos y cubre a quien elige con una espesa niebla que lo vuelve invisible, no para salvarlo de la muerte como a los héroes homéricos, sino para sustraerlo a la visión y el recuerdo de sus paisanos? Nunca oí hablar (o, al menos, lo he olvidado) de Agustín Alamán, nacido en 1921 en Tabernas, a cinco kilómetros de Sangarrén, y que sufrió tres exilios: el de su pueblo tras la guerra, el de Francia y el de Uruguay, en los años setenta. Este último lo devolvió a España y a Tabernas como un forastero desconocido, a ver su casa en ruinas y convertida en propiedad municipal. En esa visita tropezó en la calle con un par de mozos y les preguntó por un amigo de la infancia, que resultó ser el padre de ambos y abuelo de la periodista. Lo invitaron a comer a su casa de Huesca y tomaron una foto de recuerdo. 


La fotografía quedó en el álbum hasta que Esther la rescató, comenzó a tirar del hilo y a resucitar a un pintor y escultor con una importante trayectoria artística, cimentada sobre todo en Uruguay, que le llevó a exponer por todo el continente, desde Nueva York a Argentina pasando por la Bienal de Sao Paulo, a ganar varios premios - fue considerado por la crítica iberoamericana como el mejor pintor de 1967 - o a realizar las portadas de varias novelas, entre ellas la primera edición de "La tregua", de Mario Benedetti. 




Como botón de muestra del valor que se le concede en el país charrúa, el expresidente Julio Mª Sanguinetti posee buena parte de su obra. De vuelta a España, instalado en Madrid, realizó exposiciones conjuntas con artistas como Chillida, Oteiza, Martín Chirino o Pablo Serrano (con quien había trabado amistad en América) y trabajó por encargo para instituciones o empresas, diseñando, entre otras curiosidades, un osito para la promoción del Seat Panda. 


La muerte le sorprendió en 1996, en plena actividad, y a partir de allí el silencio. Como también se pregunta la autora: ¿Por qué no hemos conocido hasta ahora a Agustín Alamán? Por mi parte, le agradezco a Esther su esfuerzo y espero poder leer la ampliación del artículo anunciada en su final, que publicará el IEA.




martes, 21 de julio de 2020

ESMERO Y MEMORIA. MEDIO SIGLO JUNTO A MARSÉ



Parafraseando a Gracián, sólo los escritores que tienen detractores también tienen auténticos defensores. Este axioma se ha ido cumpliendo a lo largo de la historia, del mismo modo que se ha cumplido otro: tras la muerte del escritor suele sobrevenir un periodo de arrinconamiento, un purgatorio que ayuda a depurar su obra de escorias vitales hasta que el valor literario, si realmente lo posee, acaba imponiéndose. No sé si Juan Marsé tiene o ha tenido auténticos detractores. Algunos escépticos, como Miguel García Posada, que dudaban de él por considerar su estilo levemente anacrónico han mudado de opinión. Respecto al segundo axioma, el tiempo dirá qué sucede con su obra. De momento, sí ha quedado clara la unánime aquiescencia con que ha sido acogida la reciente concesión del premio Cervantes, que culmina una trayectoria de casi medio siglo. Esta trayectoria, tras los esbozos en forma de relatos publicados en la revista Ínsula, se inició en 1961 con, “Encerrados con un solo juguete”, novela planeada durante el servicio militar en Ceuta y terminada años después. Presentó el manuscrito al premio Biblioteca Breve de 1960; el premio quedó desierto pero, en su calidad de finalista, se decidió publicarla. Una anomalía más de las varias que acompañan al escritor desde la cuna.
La primera de dichas anomalías, el primer desacuerdo entre lo que es y lo que podría haber sido, sucedió en Barcelona, donde el 8 de enero de 1933 había nacido un niño llamado Juan Faneca Roca. La madre había fallecido en el parto y el padre, que se veía incapaz de criarlo, lo entregó en adopción a quienes le darían sus apellidos actuales. Así, Juan Faneca se transmutó en Juan Marsé. A los trece años ingresó como aprendiz en un taller de joyería, abandonando el Colegio del Divino Maestro donde, según sus propias palabras, no le enseñaron nada, salvo cantar el Cara al Sol y rezar el rosario todos los días. Al menos, las horas que pasó jugando en la calle, en lugar de asistiendo a clase, le permitieron descubrir el paisaje urbano que conformaría el escenario principal de sus novelas.
Otro axioma dice que todo escritor ha sido antes un lector. En el siglo XX, añadiría, ha sido además amante del cine. El joven aprendiz de joyero, criado en un ambiente del todo ajeno al mundillo literario, cumplió la norma y por las tardes se empapó de versos, novelas y películas, como antes se había empapado de tebeos y cuentos. La mayoría de esas obras estaban escritas en castellano, al igual que las películas dobladas, y es esa lengua “en la que uno ha mamado los mitos literarios y cinematográficos, la que ha dado alas a la imaginación” como dijo en el discurso de recepción del Cervantes, la que se impondrá de forma natural en el joven aprendiz de escritor que va germinando en sus primeros tanteos. Marsé es catalán y siempre ha vivido en Barcelona. La dualidad lingüística catalán/castellano es algo presente durante toda su vida y en cualquier tipo de relación social con su entorno. Él opina que lo enriquece, pero no ve como una anomalía que su literatura surja en castellano. Décadas después, ya desaparecida la dictadura, habrá quién se empeñe en verlo como tal, para perplejidad y disgusto del escritor ya consagrado.
La publicación de su primera novela en Seix Barral le pone en contacto con lo más relevante de lo que llamamos la Generación del 50. Entabla amistad con Carlos Barral y Víctor Seix, sus editores, y con los miembros de un selecto comité de lectura formado entre otros, por José Agustín Goytisolo, José Mª Valverde o Gil de Biedma. La irrupción de un escritor proletario entre estos “señoritos de nacimiento / por mala conciencia escritores / de poesía social” levanta expectativas que van más allá de lo literario. Con el autor de “Moralidades” establece una relación intensa y curiosa: Gil de Biedma le amplia el horizonte intelectual a Marsé quien, a su vez, le revela el mundo que los de su clase ignoran. Gil de Biedma le dedica un poema “Noche triste de Octubre, 1959” donde alcanza un tono telúrico que parece emergido del mismísimo Neruda de Residencia en la Tierra. Probablemente, versos como “llueve con verdadera crueldad, con humo y nubes bajas / ennegreciendo muros, /goteando fábricas (…) Y el agua arrastra hacia la mar semillas / incipientes, mezcladas en el barro, /árboles, zapatos cojos, utensilios/ abandonados y revuelto todo “ pueden entenderse como un homenaje al amigo llegado del barro, tomando prestada la voz del poeta que mejor ha usado los materiales terrestres.
En 1961 deja la joyería y, con una pequeña beca del Congrès pour la Liberté de la Culture, gestionada por Barral y Castellet, marcha a París dispuesto a asentar su vocación literaria. La beca se agota pronto y malvive dando clases de español a la hija del pianista Robert Casadesus, Teresa, que le inspirará el título de una novela que ya planea. También enseña nuestro idioma al poeta Pierre Emmanuel, que lo habla casi a la perfección pero, de esa forma, puede ayudarle sin herir su orgullo. Pasa el peor verano de su vida, soportando el calor sofocante y las penurias con visitas a la Librería Española de Soriano, donde asisten a tertuliar compatriotas como Tuñón de Lara o Juan Goytisolo. Engaña al hambre gracias a las invitaciones a cenar de amigos, entre los que se cuenta el propio Goytisolo, hasta que, tras una entrevista con el biólogo y futuro premio Nobel Jacques Monod, entra a trabajar al Institut Pasteur como garçon de laboratoire; o sea, como chico de los recados. Los 640 francos mensuales le permiten subsistir y le dejan tiempo para leer y escribir. En 1962 aparece su segunda novela, “Esta cara de la luna”, y a la vuelta de París termina en la casa familiar que Gil de Biedma posee en Nava de la Asunción, provincia de Segovia, la obra iniciada en París y que, tras su aparición en 1966, se convertirá en uno de sus buques insignia: “Últimas tardes con Teresa”. De esta novela dijo Mario Vargas Llosa: “He tenido la impresión de asistir a los minuciosos e implacables preparativos de un suicidio (…) que siempre se frustra en el último instante por la intervención de esa oscura fuerza incontrolable y espontánea que anima la palabra y comunica la verdad y la vida a todo lo que toca, incluso a la mentira y a la muerte, y que constituye la más alta y misteriosa facultad humana: el poder de creación”.
Ese poder de creación se materializa en el nacimiento de uno de los personajes fundamentales en la obra de Marsé: El pijoaparte. Un charnego barriobajero y canalla, desarraigado aunque sin conciencia de clase, que se ocupará de demoler definitivamente la posibilidad de convertir a su creador en ese escritor obrero imaginado por sus descubridores, comprometido en un sentido épico en la denuncia de la situación de una clase social cuyas miserias y afanes describe, pero a la que nunca idealiza: Marsé nos presenta seres individualistas que siguen la doctrina del sálvese quien pueda, en lugar de aspirar al bien colectivo. Tal vez porque la psicología humana resulta demasiado compleja para enclaustrarla, aunque sea a través de un personaje ficticio, en un discurso ideológico puro.
Tras “Últimas tardes con Teresa”, que recibió, esta vez sí, el premio Biblioteca Breve, abandona definitivamente la joyería y se gana la vida redactando solapas para libros y publicidad, además de elaborar diálogos cinematográficos con su amigo Juan García Hortelano. En 1970 aparece “La oscura historia de la prima Montse”, donde también se describe la relación imposible entre una chica de alta cuna y un joven de baja extracción social. El amor de Marsé por el cine puede rastrearse en escenas como, por ejemplo, la de las colegialas que juegan un partido al inicio de la obra. La mezcla de exactitud descriptiva con sugerencias que rozan la perversión alcanza el nivel expresivo que sólo se consigue mediante la imagen. Por otro lado el humor, la sátira que llega a lo grotesco, está presente en la magnífica recreación de los métodos utilizados por ciertos grupos religiosos para captar acólitos. A cualquier lector medianamente avispado le viene a la cabeza algún nombre en el lugar de los Colores que, bajo un manto de falsa modernidad e infantil alegría, someten a una sutil, y a la vez brutal, coacción psicológica a un grupo heterogéneo de hombres, cuyo único punto en común es su escasa vocación religiosa.
El viaje prosiguió con una parada improvisada en México. Por culpa de la censura, que prohibió su publicación en España hasta 1976, ya muerto el dictador. “Si te dicen que caí”, apareció en el país de Juan Rulfo en 1973, donde recibió el Premio Internacional de Novela. La obra, según su autor, no es tanto un ajuste de cuentas con el franquismo como una secreta y nostálgica despedida de su infancia. Con el asesinato de la oscense Carmen Broto, prostituta de lujo en Barcelona, en 1949 como eje central -el adolescente Marsé contempló in situ las manchas de sangre en las ventanillas del coche donde se cometió el crimen- y a través de las aventis, narraciones orales improvisadas de una historia (“hablar de oídas: eso era contar aventis”), se recrea la vida cotidiana en el sempiterno barrio de Guinardó, el recurrente escenario de buena parte de la obra de Marsé. Para Rafael Conte “Si te dicen que caí” es uno de estos libros asombrosos que, repentinamente, nos enfrentan contra nuestra propia suciedad individual y colectiva. Ya no se podrá escribir la historia de nuestra posguerra sin hablar de este libro poético y cruel al mismo tiempo”.
A estas alturas, Marsé ya es un escritor considerado, con un puñado de lectores, un prestigio bien ganado y una filosofía literaria suficientemente demostrada. Pero, como diría el maestro de una vieja película mexicana, “prueba a hacerte un bistec con la filosofía”. Para dar el salto a lo que los anglosajones llaman best-seller y aquí traducimos por escritor de éxito (el traductor es un traidor, está claro, y confunde vocablos que no siempre son sinónimos, aunque sí en el caso que nos ocupa) el único medio, en la España de aquellos años, era la concesión del premio Planeta. Para conseguirlo en 1978, con “La muchacha de las bragas de oro” – un título que, por cierto, a mí siempre me ha sonado a chica de portada de Interviú en aquella época – Marsé sigue el ejemplo del Heinrich Böll de “Opiniones de un payaso”, donde el autor alemán desenmascaraba a los antiguos nazis reconvertidos, tras la derrota, en próceres de la Democracia Cristiana. Aquí se trata de antiguos franquistas transmutados en liberales; en concreto, al parecer, satiriza el “Descargo de conciencia” de Pedro Laín Entralgo. El protagonista, un viejo escritor falangista que, retirado en la playa de Calafell – “un vertedero de mierda, de coches y de adiposos zaragozanos jugando a la petanca”- dice escribir sus memorias cuando, en realidad, está reescribiendo su pasado para acomodarlo al presente, al modo del Ministerio de la Verdad en el “1984” de Orwell, ve desmontadas sus fantasías por su sobrina Mariana, que se instala en la casa junto a su compañero, un fotógrafo depresivo, con la excusa de elaborar un reportaje sobre él para una revista. Marsé satiriza a ciertos escritores franquistas, pero al leer varios pasajes donde Forest, el protagonista, rememora situaciones y personajes de su antigua vida mediante una acumulación de enumeraciones y “barrocas parrafadas interminables”, también me han venido a la memoria algunos poemas venecianos. Recordando que Marsé se sintió muy cercano a algunos poetas sociales, como Celaya - a quien evocó en el discurso del Cervantes - denostados por los bardos posteriores que homenajeaban a Venecia ante el mar de los teatros, sería interesante investigar –si es que nadie lo ha hecho – la posible presencia en la novela de una parodia de doble nivel, que cerrando el círculo se burlara, identificándolos en su tono rimbombante, de falangistas y venecianos.
A partir de aquí, el Marsé ya conocido por el gran público ha sacado a la luz varias novelas, entre las que destacaría “El amante bilingüe”, “El embrujo de Shanghai” y “Rabos de lagartija”.
En “Les flamingats”, un Jacques Brel ya consciente de su cercana muerte se despacha a gusto contra los nacionalistas flamencos (“Nazis durant les guerres et catholiques entre elles (…) je vous enmerde”) que, en su opinión, amenazan la integridad belga, en un iracundo crescendo que finaliza dejando claro quién piensa así: “je chante, persiste et signe: je m’apelle Jacques Brel”. Marsé, que en 1984 ha toreado a la muerte tras un infarto y una complicada intervención quirúrgica posterior, hace algo parecido en “El amante bilingüe”, de 1990, aunque utilizando el humor para retratar con sorna la problemática lingüistico-social catalana. El protagonista, Juan Marés, “una tarde lluviosa del mes de noviembre de 1975”, pilla en la cama a su mujer con un limpiabotas. La mujer, Norma Valentí, de alta extracción social pero extraña atracción sexual por murcianos y gentes que representen todo lo contrario de lo que ella es, cuyos padres la “habían educado en el amor a Cataluña y a la senyera”, abandona al marido engañado, quien, para reconquistarla, pasados unos años se transforma en Juan Faneca (recordemos, el auténtico apellido de Marsé), un charnego deslenguado y tramposo. Al párrafo final, “menda s’integra en la Gran Encisera hata onde le dejan y hago con mi jeta lo que buenamente puedo, ora con la barretina ora con la montera, o zea que a mí me guta el meztizaje zeñó, la barreja y el combinao, en fin, s’acabat l’explicació (…) vaya uzté con Diói passiu-ho bé, senyor…”, sólo le falta la rúbrica ““je chante, persiste et signe: je m’apelle Juan Marsé/ Faneca” .
En “El embrujo de Shanghai” se metaforiza la definitiva desaparición, unos años antes de su publicación en 1993, de esas utopías que, fuesen ciertas o no, como el relato de las aventuras por el extremo oriente del Kim, hicieron más soportable las miserias físicas y morales de una época. Con esta novela consiguió, en 1994, el Premio de la Crítica y el Aristeión, concedido por la Unión Europea a los dos mejores libros de creación y traducción de entre todos los publicados en sus países miembros.
Aunque en 1997 recibió el premio Juan Rulfo, tal vez el más prestigioso de Latinoamérica, no publicó nueva obra hasta el 2000. Sin salir del Guinardó, ni de sus temas recurrentes, en ”Rabos de Lagartija” expande la técnica de escritura, dándole voz, por ejemplo, a un perro y a un feto. Con ella ganó nuevamente el Premio de la Crítica y también el Nacional de Narrativa.
Tal vez en un homenaje a Pérez Galdós, al que Gustavo Martín Garzo lo asemeja por su visión pesimista del ser humano, su capacidad para situarse en el lugar de la derrota y el fracaso de los ideales y, sobre todo, por la facilidad con que sus personajes se desplazan del mundo real al mundo de los sueños, a Marsé se le ha ido poniendo con los años una nariz garbancera o, como escribió Maruja Torres, sigue con sus pintas de rudo muchacho quien era una mezcla irresistible de Gérard Blain en Le Beau Serge y de Lino Ventura (curiosamente, el varias veces compañero de reparto del Brel actor) en cualquiera de sus aventis de poli duro y noble. En todo caso, como él mismo afirmara hace un año, sigue fiel a las raíces de lo que entiende por literatura: un cóctel de imaginación, memoria (“un escritor no es nada si imaginación, pero tampoco sin memoria, sea ésta personal o colectiva”) y esmero en el cuidado del lenguaje, “tener una buena historia que contar, y (…) contarla bien”. Y en ello sigue.

(Publicado en el nº 2 de la revista Imán, Zaragoza, noviembre de 2009).