viernes, 17 de mayo de 2024

lunes, 29 de abril de 2024

Ibn Gabirol y los que enfangan la vida.

 

            En su Málaga natal se recuerda mucho más a Ibn Gabirol que en Zaragoza, aunque fue aquí donde vino de niño y pasó los años decisivos y más fecundos de su vida. Hasta que, cuentan, por la inquina de otros se vio obligado a abandonarla. Entonces compuso un poema de queja “escrito al salir de Zaragoza”, en que se despachó a gusto contra quienes habían enfangado su existencia en la ciudad hasta volverla insoportable (“uno te da a beber veneno de serpientes / otro te abre la cabeza y te atormenta”). Gente sin conciencia ni vergüenza por sus actos o calumnias (“no se ruborizan sus rostros / a menos que los tiñan de púrpura”) que le hicieron sentirse “cual los avestruces / entre locos y perversos”.

            Me acuerdo mucho de Ibn Gabirol y de este poema cuando veo, leo u oigo las campañas de acoso y derribo contra algunos políticos, casualmente todos tirando a zurdos en sus ideas, como cantaba Aute. Cualquiera que ejerza un cargo está sometido a la crítica de su labor y al examen de sus actos, faltaría más; incluso a la sátira sobre sus formas dentro de esa esfera pública. Ojalá todos los culpables de delitos de corrupción los expiaran de acuerdo a la gravedad de cada uno. Pero otra cosa es la cacería constante, de palabra o hecho, contra la persona y, cuando esto no resulta suficiente para desbancarlo, contra la intimidad de su entorno familiar. Algo falla cuando se normaliza el asedio durante meses a la casa de los Iglesias-Montero (y de sus hijos pequeños), igual que ahora se normaliza llamar perro a Pedro Sánchez. En cambio, los mismos que jalean lo anterior no se escandalizan – antes bien, la ensalzan o, si acaso, minimizan - cuando Ayuso abre la boca. Sólo aquella frase, en tono despectivo, de “total, iban a morirse igual”, referido a los ancianos que prohibió llevar de la residencia al hospital, merecía, como poco, la dimisión. Y no me vale la excusa de que la polarización está en las dos partes porque las fuerzas son desiguales, siempre han sido desiguales. Ya escribió el Arcipreste de Hita sobre el poder del dinero, que de verdad hace mentiras, y de mentiras, verdades. Los tuits, comentarios y noticias falsas de un lado son fuegos de artificio frente a la avalancha sostenida por la prensa que se sienta a la diestra del Señor, con las redes sociales como sostén, encendiendo en sus fanáticos una paja mental demasiado seca que, cualquier día, prenderá en algún descerebrado. He leído mensajes privados y alegatos públicos que, más allá de ideologías, demostraban una distorsión de la realidad y una virulencia que asustaban. Por no hablar del odio y la concepción de que, para algunos, el país es suyo, y los demás, a callar. La Justicia ya es tema aparte. El mejor resumen que he leído es que creo en la Justicia, pero no en (todos) los jueces.

            Han transcurrido mil años desde la corta vida de Ibn Gabirol (o Avicebrón, como también lo llamaron). No sé qué escribiría ahora, pero lo imagino repitiendo estos versos, dirigidos a los actuales acosadores: “mi alma rechaza sus honras, / ya que su honor es mi ignominia”. Gabirol murió en el exilio y la pobreza mientras sus enemigos seguían campando por la taifa donde brilló. Espero que, a pesar del ruido y el ímpetu, los de ahora no triunfen. Más allá de filias o fobias personales o ideológicas, por higiene mental y social, merece la pena hacerles frente.



viernes, 19 de enero de 2024

Perfect days, de Wim Wenders

 

En la página que Wikipedia le dedica al director de cine Wim Wenders se lee lo siguiente: 

“Habiendo nacido en una época en la que Alemania comenzó a girar hacia la cultura estadounidense para olvidar su propio pasado, Wenders tiende a explorar en sus películas la presencia estadounidense en el inconsciente europeo, o más concretamente la americanización de la Alemania de posguerra (un personaje suyo al cantar una tonadilla en inglés dice "estamos colonizados").”

El miércoles vi Perfect days, dirigida por él y más allá de su eje central, la monótona y en apariencia feliz vida de un meticuloso limpiador de urinarios públicos, descubrí una trama paralela, subterránea, donde mediante pinceladas se expone un retrato sociológico del Japón contemporáneo que encaja como un guante con el párrafo anterior. Un retrato figurativo, sin afán de denuncia, de una sociedad triste y de la sumisión nipona a la cultura americana y su way of life, herencia de la reeducación forzosa tras la humillante derrota de la segunda guerra mundial. De ello derivan unos personajes desubicados, en algunos casos grotescos y en otros de una surrealista desazón, como el mendigo del taichi. Vislumbré el reverso pesimista de “Las algas americanas”, una novela escrita por Akiyuki Nosaka hace medio siglo, donde satiriza ese choque cultural con humor simpsonesco, veinte años antes de que Matt Groening creara a la familia. En “Las algas…” un matrimonio de jubilados norteamericanos visita el hogar de una joven pareja nipona a invitación de la esposa deslumbrada por la aureola que los rodea, materializada en el formidable marido, antiguo marine durante la guerra. Frente a él se erige el quijotesco esposo japonés, quien en su intento de dejar alto el pabellón nacional da lugar a una serie de situaciones desternillantes. La recomiendo a quien no la conozca.

En la película, el protagonista sólo escucha música anglosajona y lee literatura estadounidense. Las únicas excepciones son una canción, intuyo, en lengua autóctona y los aforismos de un autor japonés comprados en una librería de saldo, para alegría de la librera que apostilla: “Debería tener más reconocimiento”. Por otro lado, las ubicaciones generacionales de los personajes pueden interpretarse como alegorías de la historia nipona posterior a la debacle del 45: el anciano y autoritario padre con alzheimer; el hijo – el protagonista - enfrentado a su progenitor, que renuncia a su cómoda situación social - ¿a cambio de no renunciar a sus raíces? - aceptando a modo de penitencia limpiar los orines de los demás; y por último, la triada de jóvenes, compuesta por el atolondrado compañero de trabajo – la personalización de la imbecilidad -, una desnortada otaku con la que este pretende ligar y la sobrina del limpiador, que se refugia en su casa para huir de su madre y de la ansiedad, en una repetición de lo hecho por su tío; quizás esta chica simbolice la esperanza en el futuro a pesar del desalentador regreso al redil familiar. Todo desarrollado en un Tokio que oscila entre lo cochambroso y lo deshumanizado, salvo el parque y un puente sobre el caudaloso río. Con las bicicletas detenidas sobre el puente, la sobrina le pide al tío que continúen el paseo hasta el cercano mar donde desemboca el río, pero él se niega, aunque deja la puerta abierta a llevarla en el futuro.

No hago más spoiler. Si acaso, que los primeros 45 minutos se podrían haber contado en 15, y la película habría quedado redonda. Quien tenga ganas de levantarse de la butaca, que aguante ese primer tramo. Y que, contradiciendo a Boyero y a los extractos de las reseñas del cartel, en absoluto me parece una oda a la humildad y al valor de las pequeñas cosas. El limpiador de urinarios no es una persona feliz con su destino, por mucho que resigne a él y sonría en cada amanecer o al fotografiar los árboles. En la escena final se condensa la lucha interior entre la negación y la aceptación de su triste realidad.



jueves, 11 de enero de 2024

BECKENBAUER

 

Desde que oí la palabra, decidí jugar de líbero en los partidos que echábamos en la era. En el vocablo líbero se unían el concepto, la libertad de moverse por el campo sin sujeción a marcas ni posiciones, y la eufonía, mayor que en el “libre” usado por algunos periodistas. Es decir, implicaba pocas obligaciones y sonaba musical, como creada a propósito para mí. El primer día lo planteé tras echar pies para formar los equipos y el resto lo aceptó, sospecho porque, en el fondo, mi incidencia en el choque resultaría escasa en un sitio u otro. El partido comenzó y, durante unas cuántas jugadas, fui revoloteando por aquí y por allá, hasta que uno de los mayores me abroncó para que ocupara mi posición. Le contesté que jugaba de líbero y entonces me aclaró que el líbero era el quinto defensa, el que se colocaba detrás de los otros cuatro, sin marca fija, para ayudarlos cuando los delanteros los superasen. “Como Beckenbauer”, añadió.

Ahí terminó mi corta carrera como líbero. Sabía quién era Beckenbauer, claro. En el mundial de Alemania yo iba con la Holanda de Cruyff y Neeskens. Era culé, Cruyff el ídolo que nos había dado la primera Liga contemplada por mis ojos y Neeskens el recién fichado que, en las siguientes temporadas, nos deleitaría con sus medias bajadas y sus pulmones incansables. La Final es uno de los primeros partidos de los que guardo memoria visual, con la alegría del gol holandés al empezar – un penalty ejecutado por Neeskens con un trallazo por medio, como siempre – y la remontada de los teutones. Beckenbauer y Torpedo Müller eran muy buenos. Lástima que jugasen en el equipo equivocado. Para mi tristeza, y la de los amantes del buen fútbol, se impuso la disciplina de Alemania Federal a la creatividad de la naranja mecánica holandesa.

Hace unos días murió Beckenbauer. Con él desaparece otro de los mitos de la infancia.



 

viernes, 17 de noviembre de 2023

El último arreón del nacionalismo español.

 

Ya me carga este último arreón del nacionalismo español, el nacionalismo más dañino en nuestra Historia reciente, que gusta de utilizar la bandera para quebrar con ella las espaldas de los españoles que desean mejorar el país. Todo provocado porque el PP vendió la piel del oso electoral antes de cazarlo y Vox pretende justificar su existencia, que amenaza diluirse como el raquítico azucarillo de su discurso. De estos últimos nada cabe esperar, salvo que sigan deteriorando la convivencia. De los otros, su deriva los arrastra hacia un lodazal peligroso.

No espero maravillas del futuro Gobierno - los márgenes de movimiento son estrechos - ni me gusta el apoyo de la versión catalana – en ideología y corrupción – del PP. Pero no olvido algunas cosas: la amnistía fiscal de M. Rajoy en 2012, permitió a delincuentes blanquear 40.000 millones de euros - más de lo que se le perdona a la Generalitat – mientras, a la vez, subía el IVA. O ese mismo Presidente, muy español y mucho español, indultó a un antiguo cargo de Pujol condenado por malversación. En ambos casos no recuerdo que los defensores de España berrearan en la calle, ni que se escribieran tantos lamentos de plañidera como ahora. Tampoco olvido algunos silencios cuando el gobierno ¿socialista? de F. González indultó a Armada, un golpista de verdad.

Como viví en primera persona un “Procés local”, que convirtió en municipio a un barrio de Zaragoza por la decisión de un juez, sin que los vecinos pudieran votar y contra el deseo, entonces, de la mayoría, apoyé la idea de un referéndum entre los catalanes. Votaciones así se han celebrado en varios países cercanos sin que ardiera Troya. La última, la de Escocia en 2014. Aunque prefiera una Unión Europea fuerte y con personalidad propia - algo que veo cada vez más lejano - respeto que una comunidad tenga derecho a la libre determinación de su destino, como se dice en la Carta de la ONU. Vivo en un continente que ha sufrido un permanente cambio de fronteras, generación tras generación, durante los últimos siglos. Lo difícil, en el caso catalán, iba a ser gestionar el previsible resultado cercano al empate y la fractura social que conllevaba. Pero acusar de sedición y golpistas a quienes promovieron una consulta popular, por chapucera que resultase, me pareció mear fuera de tiesto. Sedición y golpes de estado fueron lo de Franco o el 23-F; esos que, si triunfan, desatan una represión salvaje para exterminar al rival político.

Da mucha grima y vergüenza ajena todo este circo, todo este sinsentido de gente rancia montando tumultos en calles y tribunas, gritando desaforada ante las cámaras envueltas en la bandera que, como al resto del país, consideran de su propiedad. Me sale decirles lo mismo que les soltó Labordeta en el Congreso, cuando le saboteaban el discurso: “¡A la mierda, hombre!”. 



 

martes, 14 de noviembre de 2023

Un recuerdo con Joan Jara.

 

Ha fallecido Joan Turner, la viuda de Víctor Jara. Joan se inició en la danza en su Londres natal, con el Ballet Joos recorrió buena parte de Europa y recaló en Chile con su entonces marido, Patricio Bunster, del que se separó al cabo de unos años. En este país ingresó en el Ballet Nacional y dio clases en la Universidad, donde conoció al que con el tiempo sería su segundo esposo, aún un joven estudiante de Teatro y cantante en ciernes. Su brillante trayectoria profesional quedó en parte eclipsada tras el asesinato de Víctor y el forzado exilio a Londres. Pasó a ser conocida como Joan Jara y recorrió el mundo, reclamada para actos de solidaridad con el pueblo chileno. En 1983 escribió una biografía de su marido, “Un canto truncado”, donde cuenta detalles de su vida, de los impulsos que movían su faceta creativa, tanto en teatro como en canción y de todo lo que rodeó su muerte, incluido el rescate in extremis del cadáver. No cejó en pedir justicia y ha llegado a ver cómo, medio siglo después, se condena a siete militares implicados en el crimen y cómo Estados Unidos ha despojado de la nacionalidad al autor material, primer paso para su extradición. A mitad de los ochenta retornó a Chile. Además de ser símbolo antifascista en un país todavía sometido por la dictadura, retomó su carrera creando el Centro de Danza Espiral. En reconocimiento a su labor profesional, en 2021 el gobierno le otorgó el Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales de Chile. En 1993 había instituido la Fundación Víctor Jara, que mantiene vivo su legado. Hace unos veinte años estuvo en Zaragoza, y gracias a la generosidad de Mónica Díaz pude saludarla y regalarle un libro mío dedicado, como agradecimiento al referente personal que durante mi juventud, más allá de sus canciones, fue Víctor para mí. Que la tierra le sea leve.